Top 5 de la semana

spot_img

Publicaciones similares

Si ellas ganan, nosotros perdemos

Cuando la igualdad empieza a vivirse como una amenaza

Durante mucho tiempo hemos pensado el progreso social como una línea ascendente: cada generación sería algo más libre, más tolerante y más igualitaria que la anterior. Sin embargo, algunos fenómenos recientes invitan a matizar esa idea. En determinados espacios frecuentados por hombres jóvenes han reaparecido discursos que parecían pertenecer al pasado: la reivindicación del hombre como autoridad familiar, la mujer dedicada prioritariamente al hogar, la obediencia dentro de la pareja e incluso, en posiciones mucho más extremas y minoritarias, el cuestionamiento del sufragio femenino.

Sería incorrecto concluir de ahí que los jóvenes quieren devolver a las mujeres a otro siglo. Los datos no permiten sostener algo así. Lo interesante es que algunas ideas que parecían socialmente desacreditadas vuelven a encontrar audiencia y que ciertos discursos presentan la igualdad no tanto como una conquista compartida, sino como un proceso en el que algunos hombres perciben que han perdido reconocimiento, influencia o un lugar que antes parecía más definido.

Una investigación internacional de Ipsos publicada en 2026 encontró que casi un tercio de los hombres de la generación Z consideraba que una esposa debería obedecer siempre a su marido. Más allá del porcentaje concreto, el dato plantea una pregunta interesante desde la psicología: ¿en qué circunstancias pueden los avances de otro grupo llegar a percibirse como una pérdida propia?

Cuando la igualdad se interpreta como una pérdida

Una de las ideas que pueden ayudar a pensar este fenómeno es el llamado pensamiento de suma cero: la tendencia a interpretar determinadas relaciones como si existiera una cantidad limitada de poder, reconocimiento o recursos que hubiera que repartir. Desde esta perspectiva, lo que una parte gana puede percibirse como algo que la otra deja de tener.

Aplicado a las relaciones entre hombres y mujeres, podría ayudar a explicar algunas reacciones contemporáneas. La mayor independencia femenina puede ser interpretada por algunos hombres como una disminución de su importancia tradicional; la ampliación de las posibilidades de elección de las mujeres puede modificar expectativas afectivas o familiares que antes parecían más estables. Esto no significa que la libertad de unas reduzca objetivamente la libertad de otros, sino que los cambios sociales también modifican expectativas, posiciones y formas aprendidas de entenderse a uno mismo.

Durante generaciones, determinados modelos de masculinidad estuvieron vinculados a funciones bastante definidas: proveedor, protector, autoridad familiar o principal responsable económico. Es razonable pensar que la transformación de esas estructuras afecta también a la manera en que algunos hombres construyen su identidad. Cuando cambian profundamente las posibilidades vitales de las mujeres, también cambia el contexto relacional en el que hombres y mujeres aprenden qué se espera de ellos.

Quizá no hemos prestado suficiente atención a esta segunda transformación. Mientras se ampliaban las posibilidades de vida de las mujeres, los modelos masculinos también tenían que adaptarse a un escenario distinto. Muchos jóvenes reciben hoy mensajes contradictorios sobre lo que significa ser hombre y, además, viven dificultades económicas, afectivas y sociales que pueden aumentar la sensación de incertidumbre. Ninguno de esos factores explica por sí solo el rechazo a la igualdad, pero pueden formar parte del contexto en el que determinados relatos encuentran mayor receptividad.

Internet proporciona algunos de esos relatos. En ciertos espacios de la llamada manosphere, problemas muy distintos entre sí —soledad, dificultades de pareja, frustración económica o sensación de pérdida de estatus— pueden quedar reunidos bajo una explicación común: los hombres habrían perdido terreno porque las mujeres han ganado demasiado. Es una interpretación posible entre muchas otras, pero tiene la ventaja de ofrecer una explicación sencilla para experiencias que suelen ser bastante más complejas.

Cuando una posición histórica se vive como normalidad

También puede resultar útil distinguir entre perder derechos y perder una posición relativa. Aquello que durante mucho tiempo ha formado parte de la organización habitual de una sociedad puede acabar experimentándose como lo natural, aunque históricamente haya respondido a una distribución desigual de oportunidades o poder.

Si los hombres dispusieron durante generaciones de mayor autoridad económica, familiar o política, una transformación hacia relaciones más igualitarias modifica inevitablemente esa distribución. Para algunas personas, ese cambio puede sentirse subjetivamente como una pérdida, aunque no implique necesariamente la desaparición de derechos individuales.

Esto puede contribuir también a comprender cierta nostalgia por los papeles tradicionales. El pasado suele recordarse desde el orden que proporcionaba y no siempre desde las restricciones que ese orden imponía. Las relaciones podían parecer más estables, por ejemplo, en contextos donde las posibilidades económicas y sociales de abandonar una pareja eran menores. Por eso conviene ser cuidadosos cuando se compara estabilidad con bienestar o permanencia con libertad.

Nada de esto obliga a minimizar el malestar que puedan experimentar algunos hombres jóvenes. La soledad, la precariedad, las dificultades para construir relaciones o la incertidumbre sobre el propio futuro merecen ser estudiadas por sí mismas. Pero tampoco parece razonable asumir que esos problemas sean consecuencia de los avances de las mujeres.

Tal vez una parte del desafío contemporáneo consista en ampliar también las posibilidades de la identidad masculina: desarrollar formas de ser hombre que no dependan necesariamente de ocupar el papel de proveedor principal, autoridad o figura imprescindible dentro de una relación. No porque esos papeles tengan que desaparecer, sino porque deberían poder ser elecciones y no condiciones necesarias para sentirse valioso.

Desde esta perspectiva, cuando la igualdad se vive como una amenaza quizá convenga preguntarse no sólo qué ha cambiado para las mujeres, sino también qué expectativas sobre los hombres estaban asociadas al mundo anterior y cómo podemos reconstruirlas en un escenario más igualitario.

Articulos Populares