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¿Y quién mira al que hace daño?

La prevención empieza antes de que exista una víctima

Hemos aprendido a mirar a la víctima y era imprescindible hacerlo. Durante demasiado tiempo se le preguntó por qué no se marchó, por qué no denunció, por qué volvió, qué llevaba puesto o qué hizo para encontrarse en aquella situación. La psicología ha contribuido a desmontar buena parte de esas preguntas mostrando algo que hoy parece evidente: comprender una agresión exige comprender también el miedo, el trauma, la indefensión, las relaciones de poder y las circunstancias que pueden limitar enormemente la capacidad de reacción de una persona.

Pero quizá, mientras corregíamos aquella injusticia, hemos dejado otra pregunta en un lugar incómodo: ¿qué hacemos con quien provoca el daño?

Nuestra respuesta social suele empezar cuando el daño ya existe. Identificamos a una víctima, buscamos al responsable, establecemos consecuencias y tratamos de reparar lo sucedido. Todo ello es necesario. El problema es que, desde el punto de vista de la prevención, llegamos al final de la historia.

Comprender no elimina la responsabilidad

Existe cierta resistencia a estudiar psicológicamente a quien agrede porque comprender sus mecanismos puede confundirse con justificar su conducta. Sin embargo, son cuestiones diferentes. Una persona puede ser plenamente responsable de lo que ha hecho y, al mismo tiempo, podemos investigar qué procesos psicológicos, relacionales y sociales han intervenido en esa conducta.

La violencia no aparece de una única manera ni responde a una sola explicación. Intervienen factores distintos según las personas y los contextos: determinadas creencias sobre el poder y las relaciones, formas de interpretar el rechazo, aprendizaje de modelos coercitivos, dificultades para gestionar la frustración, hostilidad, percepción del otro o normalización de ciertas conductas. Estudiar estos factores no convierte al responsable en víctima. Permite conocer mejor aquello que pretendemos evitar.

Ésa es precisamente una de las funciones de la psicología. No limitarse a decidir si una conducta es buena o mala, sino investigar cómo aparece, qué la mantiene, en qué condiciones aumenta su probabilidad y qué intervenciones pueden modificarla.

Una prevención que llegue antes

Quizá aquí exista uno de nuestros puntos ciegos. Una parte importante de la prevención se ha dirigido comprensiblemente hacia quien puede sufrir el daño: detectar señales, establecer límites, reconocer relaciones abusivas, pedir ayuda, denunciar. Pero una prevención completa también necesita trabajar en el otro extremo.

Necesita preguntarse qué ocurre antes de que alguien agreda, controle, humille o ejerza violencia. Necesita detectar patrones problemáticos cuando todavía pueden modificarse, intervenir sobre determinadas creencias y formas de relación y ofrecer recursos antes de que la única respuesta disponible sea la que llega después del daño.

Esto obliga a entrar en un territorio incómodo, porque resulta mucho más fácil condenar una conducta que intentar comprenderla. La condena establece una frontera moral necesaria; la comprensión exige acercarse a aquello que rechazamos y preguntarnos cómo ha llegado a existir.

No se trata de mirar menos a la víctima. Se trata de ampliar el campo de visión. Porque atender bien a quien ha sufrido habla de nuestra capacidad de reparación. Comprender mejor a quien puede causar daño habla también de nuestra capacidad de prevención. Y una sociedad que sólo sabe actuar cuando ya existe una víctima, por mucho que haya perfeccionado su respuesta, sigue llegando después.

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