El amor como forma de estar en el mundo.
Mañana es el Día de los Enamorados y, como cada año, la conversación gira en torno al amor de pareja, al vínculo romántico y a la idea a veces idealizada de encontrar a alguien. Pero quizá la pregunta importante no sea de quién estamos enamorados, sino desde dónde amamos.
Se suele pensar que lo contrario del miedo es el valor, el coraje o la determinación. Y es comprensible: esas cualidades ayudan a hacer cosas a pesar del miedo. Sin embargo, cuando miramos con más profundidad, también desde lo que sabemos hoy del cerebro y de la conciencia aparece algo distinto. El verdadero opuesto del miedo no es el coraje. Es el amor.
No el amor romántico que depende, que idealiza o que gira en torno a la propia necesidad. No ese amor que sube y baja según el estado emocional del momento. Ese amor, aunque sea intenso, sigue muchas veces ligado al miedo: miedo a perder, a no ser suficiente, a quedarse solo.
El Amor al que nos referimos aquí —con mayúscula— es otra cosa. No nace de la urgencia ni de la carencia. No depende del pensamiento ni de la historia personal que cada uno arrastra. No se mueve al ritmo de los impulsos más primarios ni de los cambios de ánimo. Es un amor que no necesita defenderse.
El miedo, en cambio, vive muy cerca de la memoria. Se alimenta de lo que dolió, de lo que pudo perderse, de lo que podría volver a pasar. Por eso contrae, levanta barreras y reacciona con rapidez ante cualquier señal de amenaza. El amor hace lo contrario.
No cualquier amor.
Por eso conviene mirar con honestidad algo incómodo: a lo largo de la historia se han cometido errores graves en nombre de lo que se decía amar. “Amo mi patria”, “amo mis creencias”, “amo mi gente”. Cuando ese amor se vuelve rígido y defensivo, muchas veces no es amor lo que hay debajo, sino miedo. Decimos, : amo a mi pareja. Y, sin embargo, el amor de pareja no siempre está libre de miedo. Cuando aparecen el control, la dependencia o el temor constante a perder al otro, el amor se empobrece y se confunde. El amor maduro no necesita vigilar ni retener: sabe respetar, dar espacio y cuidar sin asfixiar. Y también sabe comprender, incluso cuando hay diferencias, porque cuando las ideas se vuelven más importantes que las personas, a veces se termina dañando precisamente aquello que se decía querer.
El amor verdadero no necesita imponerse. Y quizá pueda verse con claridad en algo muy sencillo:
El amor tolera, el miedo impone.
El amor capacita, el miedo anula.
El amor libera, el miedo esclaviza.
El amor comprende, el miedo juzga.
El amor crea, el miedo destruye.
El amor une, el miedo separa.
Cuando aparece la necesidad de dominar, excluir o atacar para defender aquello que se dice amar, lo que está actuando no es amor, sino miedo disfrazado. Desde el miedo siempre hay un yo frente a un tú: mi grupo y el tuyo, mis ideas y las tuyas. Desde el amor aparece otra posibilidad más amplia, donde la diferencia no se vive como amenaza permanente.
De eso se trata, en el fondo: de enamorarnos de la vida sin tanta defensa interior. De dejar de vivir en alerta permanente y empezar a mirar y a querer desde un lugar menos condicionado por el miedo. Porque cuando el miedo deja de dirigir silenciosamente nuestra forma de querer, algo se ordena por dentro. Y es ahí donde el amor el de verdad deja de ser una idea y se convierte en una forma de estar en el mundo.
Quizá por eso aquella antigua intuición de los Upanishad sigue teniendo fuerza: allí donde hay dos, hay miedo. Tal vez este Día de los Enamorados merezca la pena recordar algo sencillo. Enamorarse de la vida —y de las personas— no depende de la intensidad emocional del momento, sino de hasta qué punto el miedo sigue dirigiendo, en silencio, nuestra manera de querer. Y ese aprendizaje no es romántico. Es profundamente humano.


