En un patio de colegio, una niña suelta a otra: “tienes ojos de moco”.
Para muchos adultos, esa escena se despacha rápido: “cosas de niños”, “una broma sin importancia”, o incluso se niega que pueda tener relevancia. Sin embargo, esa frase —aparentemente insignificante— es una ventana a cómo los niños empiezan a experimentar con el lenguaje, el poder de la palabra y el modo en que se sitúan frente a los demás
Negar la importancia de estas conductas es cerrar los ojos a algo evidente: los hijos no son solo dulzura, también exploran la burla, la agresividad y la respuesta a la frustración. Y todo eso forma parte de su proceso de desarrollo.
Tres formas de situarse ante la ofensa
La niña que insulta actúa de forma impulsiva: suelta lo primero que se le ocurre, sin medir impacto. No hay cálculo, pero sí una voluntad de provocar.
A veces, tras la escena, los adultos intervienen reforzando la lógica reactiva:
“Cuando te diga eso, contéstale tú: ‘tú tienes los ojos de caca’”.
Es la respuesta en espejo, reactiva: un contraataque inmediato, la lógica de “si me hieres, te hiero igual”. Pero en este caso ocurrió algo distinto. La niña se detuvo y pensó:
“¿Cómo voy a hacer eso? Me va a hacer daño”.
Ese momento es significativo. Por primera vez no actúa por impulso ni sigue la instrucción reactiva. Detecta el riesgo y decide no devolver la ofensa. Está apareciendo la conciencia reflexiva: frenar la reacción automática, considerar consecuencias y elegir no entrar en la misma espiral.
Estas tres posiciones —impulsiva, reactiva y reflexiva— pueden darse en cualquier niño, incluso en el mismo día. No son “etiquetas fijas”, sino modos de conciencia que se activan según la situación.
Lo que a menudo los padres no quieren ver
Aquí aparece la incomodidad adulta: aceptar que un hijo pueda ser la niña que dice “ojos de moco” cuesta. Muchos padres prefieren pensar que su hijo es siempre el que recibe, nunca el que agrede. O bien, intentan “enseñarle a defenderse” sugiriéndole que devuelva la ofensa. Pero eso, lejos de ayudar a pensar, refuerza la dinámica reactiva y transmite al niño que defenderse es devolver el golpe en la misma moneda.
Reconocer estas escenas no significa etiquetarles como “malos”, sino asumir que el crecimiento moral incluye ensayos, meteduras de pata y también decisiones conscientes. La burla es un experimento social tan real como aprender a leer o a sumar: pone a prueba la relación con el otro y la capacidad de elegir entre repetir la ofensa o pararla.
Por qué mirar de frente
Cuando un adulto observa de verdad estas escenas sin negarlas ni reforzarlas, puede acompañar al niño a entender lo que está ocurriendo:
- ¿Te diste cuenta de cómo se sintió la otra niña?
- ¿Qué podrías haber dicho de otra manera?
- ¿Qué sentiste al recibir la burla?
Son preguntas que no buscan castigar ni proteger en exceso, sino ayudar a dar un paso hacia la conciencia reflexiva.
En conclusión
Un “tienes ojos de moco” seguido de un “pues contéstale tú tienes los ojos de caca” puede parecer anecdótico. Pero cuando la niña dice “¿cómo voy a hacer eso?, me va a hacer daño”, se abre la puerta a algo mucho más importante: la capacidad incipiente de elegir conscientemente cómo actuar. Negar que los hijos puedan ser protagonistas de esa ofensa o reforzar el contraataque es perder la oportunidad de acompañarles en un aprendizaje esencial: comprender el efecto de sus palabras y empezar a decidir qué quieren hacer con ellas.



