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¿Mujeres o presas?

Cuando la conquista deshumaniza

Un vídeo difundido en redes sociales ha puesto de manifiesto una cuestión que va mucho más allá de las llamadas técnicas de seducción. En él, un hombre explica cómo conseguir que una mujer acceda a ir a casa o a un hotel y cómo superar las resistencias que puedan surgir. El contenido se presenta como una enseñanza dirigida a otros hombres. En un momento especialmente inquietante, el protagonista propone imaginar que alguien apunta al hombre con una pistola y le amenaza con matarlo si no consigue llevarse a una mujer. A continuación, plantea qué sería capaz de hacer para superar sus objeciones. Más allá de lo extremo del ejemplo, surge una pregunta fundamental: ¿qué concepción del ser humano estamos transmitiendo cuando enseñamos a relacionarnos con otra persona como si fuera una presa?

¿Evolución o nuevas formas de conquista?

Durante generaciones se ha normalizado un modelo de relaciones en el que el hombre debía perseguir, conquistar e insistir, mientras la mujer ocupaba el lugar de aquello que debía conseguirse. Hoy, ese antiguo esquema reaparece en determinados discursos revestido de técnicas, estrategias y habilidades sociales. ¿Hemos evolucionado realmente o simplemente hemos sofisticado las técnicas de caza? El problema no es el deseo sexual. El deseo forma parte de la experiencia humana y cada persona tiene derecho a vivir su sexualidad libremente. La cuestión es qué hacemos con ese deseo y qué lugar ocupa el otro dentro de nuestra conciencia. Cuando una persona se convierte en el objetivo de una estrategia, su voluntad deja de ocupar el lugar que le corresponde en una decisión compartida y pasa a interpretarse como una dificultad que debe resolverse. El encuentro se transforma en una operación para conseguir un resultado. Estamos ante una lógica egocéntrica e instrumental: el deseo propio domina la interacción y el otro aparece fundamentalmente en función de aquello que podemos obtener de él.

Una mujer no es una estrategia

La preocupación aumenta cuando esta forma de entender las relaciones deja de ser una experiencia individual y se convierte en una enseñanza. ¿Qué están aprendiendo quienes reciben este tipo de formación? ¿Qué idea de la sexualidad, de las mujeres y de las relaciones humanas se les está transmitiendo? No es posible anticipar cómo actuará cada persona que escuche estos mensajes. Sin embargo, sí es necesario cuestionar un modelo que presenta las reticencias de una mujer como obstáculos que deben superarse. La capacidad de influir en otras personas no equivale a madurez emocional. Tampoco la eficacia para conseguir un objetivo demuestra una mayor conciencia. Podemos perfeccionar nuestras habilidades y continuar siendo incapaces de reconocer verdaderamente al otro. La cuestión no es si una persona puede cambiar de opinión libremente, sino qué sucede cuando se enseña a interpretar su resistencia como un problema que debe resolverse para alcanzar un objetivo sexual. En ese planteamiento, el deseo de la mujer corre el riesgo de desaparecer detrás de las estrategias de quien pretende conquistarla.

¿Dónde quedó el ser humano?

Existe una imagen profundamente sugerente en el relato bíblico: Adán y Eva aparecen desnudos en el paraíso y no sienten vergüenza. Más allá de las interpretaciones religiosas, la escena permite recuperar una idea esencial: la desnudez no es el problema. La sexualidad tampoco. El problema comienza cuando la presencia del otro deja de reconocerse como una experiencia humana compartida y se convierte exclusivamente en una oportunidad para satisfacer el propio deseo. Una persona no existe para satisfacer las necesidades de otra. Su cuerpo no es un territorio que conquistar ni su voluntad una resistencia que vencer. Hablar de evolución de la conciencia exige preguntarnos si somos capaces de reconocer al otro en toda su humanidad, incluso cuando sus deseos no coinciden con los nuestros. Y esa pregunta debería ocupar un lugar central en la educación afectivo-sexual, en los discursos que circulan por las redes y en la responsabilidad de quienes convierten sus consejos en productos formativos.

Porque el verdadero progreso no consiste únicamente en acumular conocimientos, dominar técnicas o desarrollar nuevas tecnologías. También consiste en transformar nuestra manera de relacionarnos, en abandonar la idea de que desear algo nos sitúa ante un objetivo que debemos alcanzar y en comprender que el encuentro humano solo puede construirse desde el reconocimiento de dos voluntades. No necesitamos aprender a cazar mejor. Necesitamos dejar de mirar a las personas como si fueran presas.

Quizá esa sea una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo: una humanidad capaz de alcanzar avances extraordinarios y que todavía necesita recordar algo tan elemental como que nadie es un objeto que deba conseguirse.

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