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¿Por qué crecen los extremos?

Cuando una sociedad pierde confianza, aumenta la necesidad de respuestas más firmes

Cuando las posiciones políticas más radicales ganan terreno, solemos pensar que la sociedad se ha vuelto de repente mucho más extrema. Pero rara vez ocurre de una forma tan simple. Las personas no cambian necesariamente todo su sistema de valores de un día para otro. Muchas veces cambia antes otra cosa: la confianza en las instituciones, en los partidos tradicionales, en la capacidad del sistema para resolver problemas o incluso en la sensación de que uno sigue teniendo un lugar reconocible dentro de la sociedad.

Ese cambio importa porque el voto no depende únicamente de ideas políticas. También depende de cómo percibimos el futuro, de cuánto control creemos tener, de si sentimos que nuestras preocupaciones son escuchadas y de si seguimos considerando legítimas las reglas del juego. Cuando esas certezas empiezan a debilitarse, también cambia nuestra relación con la política.

Cuando el centro deja de representar

Durante años, muchas democracias han funcionado alrededor de grandes partidos capaces de absorber posiciones bastante distintas. Pero cuando una parte de la población empieza a percibir que esas opciones se parecen demasiado entre sí, que prometen cambios que nunca llegan o que ciertos problemas no encuentran respuesta, puede aparecer una sensación muy concreta: “ninguno habla por mí”.

Ese sentimiento de falta de representación tiene consecuencias. El voto puede dejar de ser únicamente una elección entre programas y convertirse en una forma de protesta. No siempre se vota porque exista una identificación completa con una propuesta. A veces se vota para castigar, para romper una dinámica o para demostrar que el descontento existe.

Psicológicamente, esto tiene bastante lógica. Cuando una persona siente que las vías habituales no producen ningún efecto, aumenta el atractivo de opciones capaces de transmitir ruptura. No necesariamente porque sus propuestas sean mejores ni porque el votante comparta todo lo que defienden, sino porque representan algo que las alternativas anteriores ya no representan: cambio, oposición o capacidad de alterar el equilibrio existente.

La política también es identidad

Hay otro proceso importante. Cuando aumenta la polarización, la política deja de ser únicamente una discusión sobre impuestos, servicios públicos, inmigración, derechos o economía. Empieza a convertirse también en una cuestión de identidad.

Ya no se trata solo de “qué pienso”, sino de “quiénes somos nosotros” y “quiénes son ellos”.

La psicología social lleva décadas estudiando la importancia de la pertenencia a grupos. Las personas tendemos a organizar el mundo mediante categorías que nos permiten saber dónde encajamos y quiénes consideramos cercanos. En contextos de incertidumbre o amenaza, esas identidades pueden adquirir todavía más importancia.

Ahí aparece una dinámica especialmente poderosa: cuanto más fuerte es la identificación con un grupo político, más fácil resulta interpretar al contrario no como alguien que piensa distinto, sino como alguien que amenaza algo importante. La política deja entonces de ser solo una discrepancia y empieza a vivirse como conflicto entre grupos.

Eso endurece las posiciones.

También hace más difícil aceptar información que contradiga al propio grupo y más sencillo justificar comportamientos que, en otro contexto, quizá serían criticados.

Por eso el crecimiento de los extremos no puede explicarse únicamente diciendo que la gente “se radicaliza”. En muchos casos hay una combinación de factores: desconfianza institucional, frustración económica, cambios culturales, percepción de inseguridad, sentimiento de pérdida de estatus, falta de representación y una identidad política cada vez más fuerte.

Cuando todos esos elementos se acumulan, las posiciones moderadas pueden empezar a parecer insuficientes. No necesariamente porque la población haya dejado de entender los matices, sino porque aumenta la sensación de que el momento exige una respuesta más contundente.

Y quizá ahí esté una de las claves para entender el fenómeno.

Los extremos no crecen únicamente cuando aparecen discursos más radicales. También crecen cuando una parte suficiente de la población deja de creer que las opciones habituales pueden cambiar algo.

Porque antes de que cambie el voto, muchas veces ya ha cambiado otra cosa: la relación de confianza entre las personas y el sistema político.

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