Una mirada psicológica
La agresión ocurrida en Huelva y difundida durante estos días resulta difícil de mirar. No solo por los golpes, sino por todo lo que sucede alrededor de ellos. Vemos a una menor que agrede, a otras que observan, colaboran o graban, a una víctima que apenas reacciona y, posteriormente, a una madre que dirige su atención hacia la defensa de su hija y hacia las consecuencias de la difusión de las imágenes. Aparentemente, se trata de una escena de violencia entre menores. Sin embargo, desde la psicología, lo que aparece es una estructura mucho más compleja: distintas formas de organizarse ante el poder, la pertenencia al grupo, el miedo y la responsabilidad.
Conviene aclarar que un vídeo no permite diagnosticar la personalidad de nadie, especialmente cuando hablamos de menores. La personalidad no puede establecerse a partir de una escena aislada: requiere conocer la historia de la persona, observar si determinados patrones se repiten y analizar su comportamiento en distintos contextos. Pero una conducta intensa sí puede mostrar formas de funcionamiento psicológico relevantes. No vemos cuatro diagnósticos cerrados, pero sí cuatro posiciones psicológicas: dominio, pertenencia, supervivencia y negación defensiva.
Cuando el poder borra a la otra persona
En quien agrede aparece, en primer lugar, una posición de dominio. La agresión no consiste únicamente en golpear. Implica imponer la propia voluntad, decidir lo que ocurre y colocar a la otra persona en una posición de sometimiento. Lo verdaderamente inquietante no es solo la violencia física, sino la ausencia de freno cuando la víctima ya está indefensa y no representa ninguna amenaza.
En condiciones normales, el dolor ajeno debería interrumpir la conducta. El miedo de la víctima, su pasividad o su incapacidad para defenderse tendrían que activar algún límite: empatía, culpa, preocupación o conciencia de las consecuencias. Cuando la agresión continúa, esos mecanismos han quedado temporalmente desactivados o subordinados a otra necesidad más poderosa: dominar, humillar, imponerse o adquirir reconocimiento delante de los demás.
En ese momento, la víctima deja de ser percibida como una persona completa, con miedo, dolor y dignidad. Se convierte en alguien sobre quien ejercer poder. Esta deshumanización momentánea es una de las condiciones psicológicas que permiten continuar haciendo daño sin detenerse ante sus efectos.
Sin embargo, la agresora no actúa en el vacío. A su alrededor hay un grupo que observa, ríe, contribuye o graba. Ese grupo no constituye un simple decorado: forma parte activa de la violencia. Su presencia refuerza la conducta, proporciona una audiencia y transmite a quien agrede que lo que está haciendo tiene reconocimiento social.
Dentro del grupo, además, la responsabilidad se diluye. Cada participante puede construir una explicación que reduzca su implicación: «Yo no pegué», «solo estaba allí», «únicamente grabé» o «las demás también lo hicieron». La responsabilidad se reparte hasta que ninguna siente que le pertenece completamente. Al mismo tiempo, la pertenencia proporciona una identidad colectiva que puede imponerse sobre el criterio individual. Hay comportamientos que probablemente no aparecerían en solitario, pero que se producen cuando el grupo los aprueba, los normaliza o los convierte en una prueba de lealtad.
La persona deja entonces de preguntarse si lo que hace es correcto y empieza a preocuparse por mantener su lugar dentro del grupo. Una golpea, otra ríe, otra anima y otra graba. Las funciones son distintas, pero todas pueden contribuir a sostener la escena.
Quien graba ocupa una posición especialmente significativa. Grabar una agresión no es limitarse a observarla. Es convertir el sufrimiento de una persona en contenido. La cámara transforma el acto en espectáculo y prolonga la humillación más allá del momento concreto. El golpe termina; la grabación permanece. Cada reproducción puede volver a exponer a la víctima y ampliar el poder de quienes participaron.
La inmovilidad como forma de supervivencia
Frente al dominio aparece la menor agredida, cuya escasa respuesta puede resultar difícil de comprender desde fuera. Es frecuente preguntarse por qué no se defiende, por qué no huye o por qué no se enfrenta a quienes la atacan. Sin embargo, esta pregunta parte de una idea equivocada: que ante una amenaza el ser humano siempre puede elegir entre luchar o escapar.
El sistema defensivo también puede responder mediante el bloqueo. Cuando una persona percibe que no puede vencer, que no existe una vía de escape o que cualquier resistencia puede intensificar el daño, puede quedar paralizada. Reduce sus movimientos, deja de responder e incluso se somete como una forma automática de intentar que la agresión termine antes.
No defenderse no significa aceptar lo que está ocurriendo. Tampoco indica necesariamente debilidad de carácter o ausencia de recursos personales. Puede significar precisamente que la situación ha sido percibida como tan amenazante e incontrolable que el organismo ha anulado cualquier posibilidad de reacción. No es una decisión serena, sino una respuesta de supervivencia.
Por eso resulta injusto interpretar la falta de resistencia como una característica estable de la personalidad de la víctima. Para saber si existe un patrón de inhibición, indefensión o sometimiento sería necesario conocer su historia y averiguar si había sufrido episodios anteriores, amenazas o experiencias en las que pedir ayuda no hubiese servido. Lo único que puede afirmarse al observar la escena es que su sistema defensivo parece encontrarse completamente superado.
Cuando reconocer lo ocurrido amenaza la propia identidad
Después de la agresión aparece otra posición psicológica, quizá menos visible, pero especialmente relevante: la reacción del adulto que debería introducir realidad, responsabilidad y límites. Cuando una madre recibe una información grave sobre su hija, no siempre la procesa como un hecho externo que debe analizarse. Puede vivirla como una amenaza directa contra su propia identidad.
La pregunta ya no es únicamente «¿qué ha hecho mi hija?», sino también «¿qué dice esto de ella y qué dice de mí como madre?». La conducta de la hija se mezcla con la imagen que la madre tiene de sí misma, de la educación que ha dado y de su propia familia. Reconocer plenamente la gravedad de lo ocurrido puede sentirse como admitir un fracaso personal.
Entonces aparecen dos ideas difíciles de conciliar. Por una parte: «Mi hija es una buena persona». Por otra: «Mi hija ha participado en una agresión grave». Ambas afirmaciones podrían sostenerse simultáneamente. Una persona no queda definida para siempre por un solo acto, pero debe asumir la responsabilidad por lo que ha hecho. Sin embargo, mantener las dos ideas exige tolerar una enorme incomodidad psicológica.
Cuando esa contradicción resulta insoportable, aparece la disonancia cognitiva. La mente necesita reducir la tensión y puede hacerlo de dos maneras. La primera consiste en aceptar la realidad, revisar la propia imagen y actuar en consecuencia: reconocer el daño, interesarse por la víctima, poner límites, exigir responsabilidad y favorecer una reparación. La segunda consiste en modificar el relato para que lo sucedido resulte emocionalmente más soportable.
Es entonces cuando aparecen frases como «ha sido algo puntual», «mi hija no es así», «habrá que conocer lo que ocurrió antes» o «el verdadero problema es quien ha difundido el vídeo». Algunas de estas afirmaciones pueden contener elementos legítimos. Es cierto que un acto no define por completo a una menor, que el contexto debe conocerse y que la difusión de imágenes de menores puede causar nuevos daños. El problema surge cuando estas verdades parciales se utilizan para evitar mirar la realidad principal: una niña ha sido agredida y humillada.
El foco se desplaza. La preocupación deja de centrarse en el daño sufrido por la víctima y pasa a situarse en la reputación de la agresora, en la imagen de la familia o en las consecuencias públicas de las imágenes. La víctima desaparece del campo mental, no necesariamente porque el adulto carezca por completo de empatía, sino porque la amenaza a su propia identidad ocupa todo el espacio psicológico disponible.
Culpa, vergüenza y reescritura de la realidad
Para comprender esta reacción es importante diferenciar la culpa de la vergüenza. La culpa se centra en la conducta: «Se ha hecho algo grave y debemos repararlo». La vergüenza, en cambio, afecta a la identidad: «Si mi hija ha hecho esto, significa que ella es terrible, que yo he fracasado y que los demás van a juzgarnos».
Cuando predomina la culpa, es posible mirar a la víctima, aceptar la responsabilidad y pensar en la reparación. Cuando domina la vergüenza, la prioridad suele ser proteger la propia imagen. La persona minimiza, justifica, busca responsables externos o ataca a quien ha hecho visible lo ocurrido.
Por eso no siempre se trata de que la persona no haya visto los hechos. Puede haberlos visto perfectamente, pero no ser capaz de integrarlos tal como son. Reconocerlos exigiría cuestionar una representación de sí misma que necesita conservar. La mente, entonces, no elimina necesariamente la realidad: la reescribe hasta convertirla en una versión soportable.
Este es uno de los mecanismos más fascinantes y, al mismo tiempo, más tristes que estudia la psicología. Cuando la realidad amenaza profundamente nuestra identidad, no siempre la aceptamos. A veces la deformamos para poder seguir creyendo que somos quienes necesitamos pensar que somos.
Proteger a un hijo no debería consistir en borrar lo que ha hecho. Una respuesta psicológicamente madura podría sostener simultáneamente varias ideas: «Mi hija sigue siendo una menor y no voy a permitir que sea linchada», «lo que ha hecho es grave», «la víctima merece reconocimiento y protección» y «mi hija debe asumir las consecuencias y comprender el daño causado». Querer a alguien y exigirle responsabilidad no son posiciones incompatibles. Precisamente porque se le quiere, se le ayuda a enfrentarse a la realidad, no a escapar de ella.
Lo que realmente muestra esta escena
La agresión de Huelva muestra mucho más que a una menor golpeando a otra. Muestra a alguien que se organiza desde el dominio, a un grupo que se organiza desde la pertenencia y la responsabilidad diluida, a una víctima cuyo organismo se organiza desde la supervivencia y a un adulto que puede reaccionar desde la negación cuando la realidad amenaza su identidad.
Estas formas de funcionamiento no constituyen diagnósticos ni determinan de manera definitiva quién es cada persona. Pero revelan algo esencial sobre el estudio de la personalidad: la personalidad se manifiesta en la forma en que una persona utiliza el poder, responde al sufrimiento ajeno, se comporta dentro de un grupo, reacciona ante el miedo y afronta una realidad que contradice la imagen que tiene de sí misma.
Ninguna agresión depende únicamente de quien golpea. También depende de quien refuerza, de quien observa sin intervenir, de quien convierte el daño en espectáculo y de quien, posteriormente, sustituye la responsabilidad por la defensa. Comprender estos mecanismos no significa justificar a nadie. Significa reconocer que la violencia no es únicamente un acto individual, sino una estructura psicológica y relacional en la que cada persona ocupa una posición.
De ahí la importancia de la personalidad: porque en una misma escena cada persona se organiza de forma distinta ante el poder, el grupo, el miedo y la amenaza a su propia identidad.


