Cuando la imagen es artificial, pero el deseo no
Hace unos días, una sentencia en Estados Unidos volvió a colocar sobre la mesa una de esas preguntas que parecen jurídicas, pero que en realidad terminan siendo profundamente psicológicas. El caso giraba en torno a imágenes sexuales de menores creadas íntegramente mediante inteligencia artificial, sin que ningún niño real hubiera participado en su producción. La cuestión legal era si podía castigarse del mismo modo la posesión de esas imágenes que la de material obtenido mediante el abuso de un menor real. La distinción, desde el punto de vista del Derecho, no es menor: una cosa es una imagen que documenta o reproduce un daño padecido por una persona concreta, y otra una representación fabricada artificialmente en la que ese niño nunca ha existido. Pero cuando el debate se formula únicamente así, algo importante queda fuera. Porque quizá no haya un niño real en la imagen, pero sí hay una persona real que ha querido que aquello parezca un niño.
Ahí es donde la discusión cambia. Ya no se trata solamente de preguntarnos si existe una víctima directa en la producción de la imagen, sino de intentar comprender qué ocurre cuando un adulto necesita que un cuerpo, un rostro o una escena infantil formen parte de aquello que utiliza para excitarse. No es una pregunta cómoda, pero precisamente por eso conviene formularla sin exageraciones y sin atajos. No podemos concluir que cualquier persona que tenga una fantasía de este tipo vaya a abusar de un menor, porque la investigación no permite establecer esa equivalencia. Fantasía, atracción, consumo de material y conducta sexual abusiva son fenómenos distintos, aunque en algunos casos puedan relacionarse. Pero tampoco parece razonable pensar que, si el niño ha sido inventado por una máquina, desaparece automáticamente todo interés psicológico por la conducta de quien busca esas imágenes.
Lo que la imagen no borra
La sexualidad humana no se construye de una manera sencilla y tampoco existe una única explicación para que determinadas características infantiles lleguen a formar parte del repertorio de excitación de una persona adulta. Se han estudiado factores relacionados con el desarrollo psicosexual, el aprendizaje, la regulación de impulsos, determinados rasgos neurobiológicos, las dificultades para establecer vínculos adultos y otras variables, pero ninguna de ellas explica por sí sola todos los casos. Esa falta de una causa única no significa que no pueda estudiarse el funcionamiento concreto de cada persona. Se puede explorar cuándo apareció ese interés, qué situaciones lo activan, con qué frecuencia aparece, hasta qué punto puede regularse, si se ha ido haciendo más específico o más intenso con el tiempo, si desplaza otras formas de sexualidad y, sobre todo, si permanece en el terreno de la fantasía o empieza a acercarse a conductas que implican un riesgo para otros.
Ese es probablemente uno de los puntos que más se pierde cuando hablamos de este tema únicamente desde el escándalo. Socialmente solemos conocer estas historias cuando ya ha ocurrido algo: una investigación policial, material ilegal encontrado en un dispositivo, una agresión, una víctima. Entonces la conversación se organiza alrededor del daño y del castigo, como es lógico. Sin embargo, si la intención real es prevenir el abuso sexual infantil, resulta difícil defender que la intervención deba comenzar únicamente cuando ese daño ya se ha producido. Desde el punto de vista preventivo, la pregunta relevante sería qué hacemos con una persona que reconoce un interés sexual hacia menores antes de haber cometido ningún delito y que, precisamente porque lo reconoce, necesita ayuda para manejarlo.
Esa pregunta presenta una dificultad social evidente. Cuanto más imposible resulte admitir una atracción de este tipo sin quedar inmediatamente identificado como agresor, más probable será que quien la experimente aprenda a ocultarla. Y ocultarla no hace que desaparezca. Simplemente hace que quede fuera de cualquier evaluación profesional. Esto no significa normalizar la atracción ni restarle gravedad. Significa diferenciar algo fundamental: una persona puede necesitar tratamiento sin haber cometido un delito, del mismo modo que puede necesitar ayuda precisamente para no llegar nunca a cometerlo. La prevención no consiste en absolver anticipadamente a nadie, sino en intervenir allí donde todavía existe margen para evitar el daño.
Existen programas especializados que parten de esta idea y trabajan con personas que reconocen intereses sexuales hacia menores sin esperar a que haya una víctima. La intervención puede centrarse en la regulación de impulsos, el manejo de fantasías persistentes, la identificación de situaciones de riesgo, la compulsividad sexual, determinadas distorsiones cognitivas o las dificultades emocionales y relacionales que acompañan a algunos casos. En ocasiones, el objetivo terapéutico no es prometer que una determinada preferencia desaparecerá por completo, algo que puede no ser realista, sino conseguir que esa persona desarrolle un control suficiente sobre su conducta y organice su vida de manera que nunca implique a un menor.
Prevenir antes de que haya una víctima
La inteligencia artificial introduce ahora una variable nueva porque rompe una relación que hasta hace muy poco parecía inevitable. Durante décadas, detrás de una imagen sexual de un niño había necesariamente un niño real que había sido fotografiado, grabado o utilizado. Hoy una máquina puede fabricar en segundos un rostro, un cuerpo y una escena que no pertenecen a nadie. Eso cambia de forma importante el análisis jurídico del material, pero no resuelve la cuestión psicológica de quien lo solicita. De hecho, abre otras preguntas para las que todavía no tenemos respuestas definitivas. No sabemos suficientemente si, en determinadas personas, este tipo de contenido podría funcionar como sustituto y reducir la búsqueda de material real, o si podría consolidar un patrón de excitación, aumentar la compulsividad o facilitar una escalada hacia estímulos cada vez más próximos a menores reales. Probablemente tampoco exista una única respuesta válida para todos los perfiles.
Por eso quizá el debate más interesante no sea decidir apresuradamente si la inteligencia artificial ha creado un espacio “sin víctimas”, sino reconocer que ha separado dos problemas que antes aparecían unidos. Puede desaparecer la víctima directa de la fabricación de una imagen, pero no desaparece necesariamente el significado de que alguien necesite sexualizar una figura infantil para excitarse. Y ahí la Psicología tiene una responsabilidad que no puede limitarse ni al diagnóstico precipitado ni al silencio.
La pregunta, por tanto, no debería ser solamente qué puede prohibir la ley cuando un niño no existe. También debería ser qué hacemos con el adulto que necesita que exista, aunque sea de forma artificial, dentro de su imaginario sexual. Si de verdad hablamos de prevención, ese es probablemente el lugar más difícil, pero también el más necesario, desde el que empezar.



