Criticar ideas o invalidar personas
En el debate público se utilizan etiquetas constantemente. Es algo habitual y, hasta cierto punto, inevitable. Pero no todas las etiquetas funcionan igual ni producen los mismos efectos. Algunas sirven para situar posiciones políticas. Otras hacen algo muy distinto. Y esa diferencia resulta, como mínimo, llamativa. No se trata de decidir quién tiene razón ni de repartir culpas. Se trata de observar cómo se habla.
Cuando se analizan las descalificaciones habituales dirigidas a la izquierda, aparecen términos como comunista, progre, populista o rojo. Son palabras que pueden usarse con intención peyorativa, irónica o simplificadora, pero remiten a ideologías, tradiciones políticas, símbolos o estilos culturales reconocibles. Funcionan como marcadores dentro de un mapa político.
Estas etiquetas identifican. Sitúan. Encajan al otro en una corriente, aunque sea de forma burda. Incluso cuando se emplean mal, no niegan por sí mismas la legitimidad del interlocutor. Señalan una posición desde la que se puede discrepar.
En el lado contrario, muchas de las etiquetas más utilizadas operan de otra manera. Palabras como racista, facha o vividor no describen una ideología ni una tradición política concreta. Funcionan como juicios morales globales, difíciles de delimitar y casi imposibles de responder en términos políticos. No colocan al otro en una posición ideológica reconocible. Lo colocan fuera del marco aceptable.
No todas las etiquetas políticas hacen lo mismo
Aquí no se trata de decir si esas palabras son justas o injustas en cada caso concreto. El punto es qué hacen cuando se usan. Mientras unas etiquetas identifican posiciones dentro del desacuerdo democrático, otras deslegitiman a la persona que las recibe. No discuten ideas: cuestionan la legitimidad misma del interlocutor.
Esta diferencia no siempre se percibe, porque se tiende a reducirlo todo a “insultos de un lado y del otro”. Pero no es solo una cuestión de tono o de educación. Es una cuestión de función. Las etiquetas ideológicas permiten confrontación política. Las etiquetas morales tienden a clausurarla.
No es casual que términos como comunista o populista puedan ser asumidos, discutidos o incluso resignificados por quienes los reciben, mientras que etiquetas como racista o facha actúan como un cierre inmediato del diálogo. No dejan espacio para la réplica política porque no se formulan en ese plano.
Esta asimetría no demuestra que un bloque sea mejor que otro. Lo que muestra es dos formas distintas de entender el conflicto. Una concibe el desacuerdo como algo que se gestiona dentro del marco común. La otra tiende a tratarlo como un problema moral que hay que señalar. Es un dato interesante. Revelador, incluso.
Porque la forma en que una sociedad nombra a quienes discrepan dice mucho sobre cómo concibe la pluralidad, el debate y los límites de la convivencia democrática. No todo lenguaje político excluye. Pero algunos usos del lenguaje sí convierten el desacuerdo en invalidación.
Entender esta diferencia no resuelve el conflicto político, pero ayuda a no empobrecerlo. Y en tiempos de polarización creciente, esa distinción, pequeña en apariencia, puede marcar una diferencia considerable en la calidad del espacio público.



