martes, junio 2, 2026
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Día Internacional de la Masturbación

Bien. Y ahora pensemos

En los años noventa, en Estados Unidos, nació el Día Mundial de la Masturbación. Surgió vinculado a todo un movimiento de desestigmatización sexual de esa época, una época en la que hablar abiertamente del cuerpo, del placer y de la sexualidad seguía cargado de juicio, de culpa y de silencio. Y en aquel contexto, tenía su sentido. Treinta años después, la celebración persiste, y con ella la sensación de que cuestionar cualquier aspecto de ese discurso te sitúa automáticamente del lado equivocado de la historia: el de los mojigatos, los reprimidos, los que le tienen miedo al cuerpo.

Esta es la trampa. Porque nadie está aquí para discutir si el placer es legítimo. Lo es, y punto. Lo que sí vale la pena mirarse de frente es otra cosa: qué pasa cuando una cultura entera aprende a relacionarse con su cuerpo a través de la gratificación inmediata, privada y perfectamente controlable, y luego no entiende por qué el encuentro con otro empieza a sentirse raro, lento, insuficiente.

Lo que el cuerpo aprende, no lo olvida fácilmente

El sistema nervioso no distingue entre buenas y malas costumbres. Distingue entre lo que se repite y lo que no. Lo que se repite se consolida, lo que se consolida se convierte en expectativa, y la expectativa, con el tiempo, se convierte en la única forma que el cuerpo conoce de llegar a algún sitio. Durante años, millones de personas entrenan su respuesta sexual en condiciones de laboratorio: estimulación precisa, ritmo exacto, velocidad controlada, intensidad graduada al milímetro y, sobre todo, ninguna variable imprevisible.

Y ahora además con el juguete perfecto, el protocolo exacto, todo lo que necesitas para llegar en un minuto. Controlado. Mecánico. Siempre igual. El cuerpo aprende eso tan bien que después, cuando aparece otra persona, empieza a buscar exactamente eso. Y otra persona no es eso. Nunca lo será.

Cuando el otro empieza a no llegar

En consulta aparece cada vez con más frecuencia algo que hasta hace poco habría resultado paradójico: personas con deseo intacto, sin ninguna disfunción orgánica, con interés genuino por quien tienen delante, que sin embargo cada vez les cuesta más llegar al orgasmo, o simplemente disfrutar, cuando hay otra persona en la cama. No han perdido las ganas. Han perdido la capacidad de responder a algo que no sea exactamente lo que su propio cuerpo ya conoce de memoria. El encuentro sexual deja de organizarse alrededor de dos personas y empieza a organizarse alrededor de reproducir, dentro de ese encuentro, el patrón que ya fue entrenado en solitario.

La otra persona no desaparece, pero empieza a cumplir una función cada vez más instrumental: ser el soporte físico de un guion que fue escrito sin ella, que no tiene su ritmo, que no tiene su juguete, que no tiene su protocolo. Y el cuerpo, que solo conoce un camino, empieza a no encontrar suficiente lo que el otro le da. No porque el otro esté haciendo algo mal, sino porque todo estaba tan medido, tan afinado, tan perfecto, que lo espontáneo, lo impredecible, lo humano, ya no le llega.

La naturaleza diseña una necesidad. Nosotros la convertimos en otra cosa. Vale la pena preguntarse algo que casi nadie se pregunta: ¿para qué existe el orgasmo? Desde el punto de vista biológico, la respuesta es una sola: para procrear. El placer es el anzuelo que diseñó la naturaleza para garantizar que la especie continúe. Sin placer, nadie buscaría el encuentro. Sin encuentro, no hay vida. Igual que el hambre existe para que el cuerpo se alimente, igual que la ropa existe para protegernos del frío, igual que el sueño existe para repararnos. Pero nosotros tomamos esas necesidades primarias y les añadimos capas y capas de significado hasta que en algún punto del camino nos olvidamos completamente de para qué existían.

La comida se convirtió en gastronomía, en ritual, en identidad cultural. La ropa en lujo, en estatus, en expresión de quién eres. Las relaciones en seguidores, en likes, en audiencia. Y el orgasmo en un minuto de protocolo perfecto. El patrón es siempre el mismo: tomamos una necesidad primaria, le añadimos capas y capas de significado, y en algún punto del camino nos olvidamos completamente de para qué existía. Y cuando nos olvidamos del origen, perdemos también la brújula. Los sentidos son una puerta a la belleza y está bien que así sea. El problema no es disfrutarlo, sino alejarnos de lo fundamental.

Lo que nadie quiere decir en voz alta

Ha habido un trabajo enorme, necesario y valioso para desmontar siglos de sexualidad culpabilizada, y ese trabajo importa. Pero ese mismo movimiento ha ido acumulando con los años un punto ciego bastante grande: la incapacidad para distinguir entre liberar el placer y anestesiar la capacidad de encuentro. No son lo mismo. No todo lo que elimina la culpa construye conexión, no todo lo que produce placer amplía la experiencia erótica, y no toda práctica que resulta agradable en el corto plazo es inocua para la manera en que el cuerpo aprende, con los años, a estar con otro cuerpo.

Hemos conseguido algo que ninguna generación anterior logró: desculpabilizar masivamente el placer individual. Y en el mismo movimiento, sin darnos cuenta, hemos creado las condiciones para algo que ningún discurso conservador habría podido producir: una generación que sabe perfectamente cómo darse placer a sí misma, y que cada vez encuentra más difícil recibirlo de otro.

El encuentro es incómodo. Esa es exactamente la cuestión

Hay algo en el sexo real que no puede replicarse en solitario, no porque la moral lo diga, sino porque estructuralmente es otra cosa: es impredecible, negocia constantemente, pide atención sostenida, tolera la frustración, convive con los cuerpos que no responden exactamente como se esperaba. Todo eso es, en términos de gratificación inmediata, profundamente ineficiente. Y es exactamente ahí donde está su valor.

La capacidad de encontrar placer en esa fricción real, de dejarse sorprender, de esperar, de no controlar cada variable, de estar verdaderamente con alguien, es una capacidad concreta, no una virtud moral. Y las capacidades, si no se ejercitan, se atrofian, igual que un músculo, igual que cualquier otra cosa que dejamos de usar porque hay una alternativa más cómoda y más rápida. Porque el orgasmo no es solo una descarga. Es el momento más elevado que puede vivir un cuerpo humano, y digo el cuerpo, porque existen otros estados sublimes que ya no tienen nada que ver con él. Y ese momento cumbre lo estamos reduciendo a un minuto de protocolo perfecto.

La pregunta no es si celebrar o condenar nada. La pregunta es si somos capaces de mirarnos con honestidad y preguntarnos qué tipo de relación con el cuerpo, con el placer y con el otro estamos construyendo. Y si algo de lo que has leído te ha removido algo, quizás vale la pena que te preguntes por qué. Eso es lo que cuesta un poco más sostener cuando todo empuja hacia lo inmediato, lo privado y lo perfectamente controlable.

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