La dificultad de revisar lo propio cuando la realidad incomoda
Hay momentos en los que la realidad llama con fuerza, pero no se la deja entrar. Los hechos están ahí, visibles, reiterados, documentados, y aun así no provocan reflexión, sino defensa. No generan autocrítica, sino cierre. No abren preguntas, levantan trincheras. Es algo que hoy se observa con claridad en muchos ámbitos del poder: ante hechos graves, la reacción no es pensar, sino proteger el relato. No se revisa lo que ocurre, se justifica; no se asume responsabilidad, se desvía la atención; no se pregunta qué ha fallado, sino quién está atacando. Y esto no tiene que ver solo con la política. Tiene que ver con algo más profundo y más humano: con nuestra dificultad para pensar cuando la realidad amenaza la imagen que tenemos de nosotros mismos o del grupo al que pertenecemos.
Pensar duele. Duele porque obliga a reconocer. Y reconocer implica aceptar que algo de lo que defendíamos no era tan sólido, tan limpio o tan justo como creíamos. Implica admitir errores propios, no solo señalar los ajenos. Implica renunciar, aunque sea por un momento, a la comodidad de sentirse del lado correcto. Por eso, cuando aparecen hechos incómodos, lo más frecuente no es la reflexión, sino la reacción. El discurso se endurece, el bando se cierra y la crítica se vive como ataque. La pregunta deja de ser “¿qué está pasando?” y pasa a ser “¿quién nos quiere dañar?”. Ahí empieza el problema.
Cuando el relato sustituye a la realidad
A partir de ahí ocurre algo muy reconocible. La realidad deja de mirarse directamente y empieza a filtrarse. Ya no se atiende a lo que pasa, sino a si lo que pasa encaja o no en la historia que nos contamos para seguir sintiéndonos del lado correcto. Si un hecho confirma el relato, se acepta sin dificultad. Pero si no encaja, se explica, se relativiza, se minimiza o se ataca. No necesariamente porque sea falso, sino porque incomoda psicológicamente, porque obliga a revisar algo propio. El relato cumple una función clara: da identidad, cohesiona y protege. Dice quiénes somos y quiénes no. Mientras permanece intacto, ofrece seguridad. El problema aparece cuando deja de ser una forma de interpretar la realidad y pasa a ocupar su lugar. En ese momento, los hechos dejan de tener valor por sí mismos y solo importan en la medida en que refuerzan o amenazan la historia previa.
La contradicción ya no se vive como información, sino como ataque. La crítica no se escucha como posibilidad de revisión, sino como intento de deslegitimación. Entonces ya no se piensa. Se defiende. La defensa suele adoptar siempre las mismas formas: cerrar filas, desplazar la responsabilidad, señalar al mensajero, apelar a contextos, a intenciones ocultas o a ataques interesados. Todo antes que detenerse a mirar qué está pasando realmente.
Cuando revisar se vive como una amenaza
Cuando el relato sustituye a la realidad, la autocrítica desaparece. No porque no haya motivos, sino porque revisarse se vive como debilidad. Reconocer errores propios parece dar ventaja al otro y pensar empieza a percibirse como un riesgo. Ante hechos incómodos, la respuesta ya no es detenerse, sino blindarse. No se pregunta qué ha fallado, sino quién está atacando. No se revisa el funcionamiento, se refuerza el discurso. El relato se defiende porque ya no es solo una explicación: es identidad.
Pensar duele precisamente aquí. Duele porque obliga a aceptar que algo no funciona, que no todo es culpa de fuera y que proteger una historia puede ser más cómodo que mirar los hechos. Duele porque rompe la lógica del bando y deja a uno frente a la responsabilidad. Y mientras no estemos dispuestos a asumir ese coste, seguiremos reaccionando en lugar de pensar. Seguiremos defendiendo relatos en vez de afrontar la realidad. Seguiremos hablando de enemigos cuando lo que haría falta, sencillamente, es una revisión honesta.



