La excusa para no cambiar nada
Criticar al otro es fácil. Se hace casi sin pensar. Alguien actúa mal, se contradice, comete un error, y enseguida aparece el juicio. Lo señalamos, lo comentamos, lo dejamos claro. Y puede que tengamos razón. Pero rara vez, mientras lo hacemos, nos preguntamos qué papel jugamos nosotros en todo eso. No suele haber espacio para preguntarse qué hacemos igual, qué permitimos, qué defendemos cuando nos conviene o qué pasamos por alto cuando el fallo viene de los nuestros.
Nos fijamos en lo que falla en los demás, pero no nos detenemos a revisar cómo participamos nosotros en el mismo tipo de dinámicas. Esa costumbre de mirar hacia fuera y no hacia dentro da una falsa sensación de claridad. Señalar errores ajenos puede parecer un acto de conciencia, pero muchas veces no es más que un atajo para evitar mirarse. Es una forma de quedar al margen. Y mientras no nos incluimos en lo que criticamos, no cambiamos nada. El juicio, sin revisión propia, no transforma. Solo conserva una imagen: la de que el problema es el otro.
De ahí viene esa frase que todo el mundo ha oído, pero que casi nadie se aplica: ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio. La paja es algo pequeño, casi insignificante; un detalle. La viga, en cambio, es algo grande, evidente, que molesta de verdad. Lo que dice es simple: ves enseguida lo que hacen mal los demás, pero no te das cuenta o no quieres darte cuenta de lo que haces tú, aunque sea mucho más grave. Es más fácil fijarse fuera que mirarse en serio. Ese gesto protege. Señalar al otro te deja a salvo. Te mantiene limpio. Te permite tener razón sin hacer ningún cambio. Por eso se repite tanto. Pero no sirve. No mueve nada. No toca lo que importa. No modifica nada de ti.
Siempre es más fácil ver al otro
Esto se ve en todas partes. En discusiones familiares que se arrastran durante años. En amistades que se rompen de golpe, sin explicación. En parejas que se separan después de una larga acumulación de reproches. Lo que más se repite en todos esos casos es lo mismo: que uno solo ve lo que hizo el otro. Solo recuerda lo que el otro dijo, lo que falló, lo que no supo hacer. Y lo propio, lo que se calló, lo que se permitió, lo que se evitó, desaparece. Cada uno con su relato, cada uno con su parte limpia. Y desde ahí, no se construye nada. Solo se repite.
Incluso cuando se tiene razón, incluso cuando el otro falló de forma clara, si no hay revisión propia no hay posibilidad de cambio real. El resultado es siempre el mismo: ruptura sin comprensión, cierre sin aprendizaje. Una defensa perfecta que impide cualquier transformación. Y esto, aunque parezca íntimo o personal, no se queda ahí.
Si cuesta verlo en uno mismo, basta con observar el mundo de la política. No hace falta entrar en nombres, partidos ni bandos: el patrón es idéntico. Se señala con claridad lo que hace mal el adversario, mientras se justifica lo propio sin el menor esfuerzo. Cambian los colores, las caras y los discursos, pero la lógica se repite. Se exige todo hacia fuera y se revisa muy poco hacia dentro. Se reclama ética, pero solo en una dirección. Se denuncia el engaño, pero se tolera cuando sirve a lo que uno defiende. Y así se construye una apariencia de coherencia que no sostiene nada. Lo político no es otra cosa: es lo mismo que hacemos en lo personal, solo que amplificado, más visible, más ruidoso. Y si allí se repite sin descanso, es porque aquí también.
La parte que no queremos ver
No se trata de repartir culpas cuando no corresponde, ni de justificar lo que está mal. Pero sí de dejar de actuar como si no tuviéramos nada que ver. Porque a veces hay una parte nuestra que se mete ahí, que elige no ver, que espera algo a cambio, que se deja llevar, que quiere creer. Si no se puede hablar de eso, si no se puede pensar desde ahí, entonces solo queda un discurso estancado, que señala mucho pero no transforma nada.
Puedes verlo claro. Puedes explicarlo con precisión, con buenos argumentos, con ejemplos sólidos. Puedes tener razón. Pero si no te incluyes, si no te preguntas en qué formas estás dentro de eso que críticas, si no entras en la escena, entonces no cambia nada. El juicio sin revisión te deja exactamente dónde estabas. Y lo más engañoso de todo es que parece que avanzas. Porque hablas, porque sabes, porque estás convencido. Pero no es saber lo que cambia algo. Es asumir. Y eso, en lo cotidiano, en lo real, empieza con una incomodidad que no se puede maquillar. La de dejar de poner toda la carga fuera y empezar a decir: aquí también estoy yo. Esto también va conmigo. No todo, pero sí una parte. Y esa parte no la puede cambiar nadie más que uno.



