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25N, lo que aporta la movilización

…y lo que sigue faltando desde la psicología

Ayer, 25 de noviembre, volvieron a celebrarse manifestaciones en numerosas ciudades del mundo con motivo del Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres. En España, la presencia en las calles fue amplia, con participación institucional, apoyo ciudadano y un sólido impacto mediático. Estos actos siguen desempeñando un papel importante: recuerdan públicamente la magnitud del problema, dan respaldo simbólico a las víctimas y refuerzan la legitimidad de los dispositivos públicos destinados a su protección.

Pero desde la psicología clínica y la criminología conviene introducir una idea que raramente se plantea de forma explícita en el espacio público: la movilización social es necesaria, aunque no modifica los mecanismos que generan agresores. Las manifestaciones ayudan a visibilizar el fenómeno, pero no inciden en los procesos psicológicos, relacionales y situacionales que desembocan en la violencia.

 No se trata de cuestionar la importancia de las manifestaciones, sino de entender que la protesta no modifica los procesos psicológicos que llevan a un hombre a ejercer violencia. Para actuar sobre esos procesos hace falta otro tipo de trabajo

El límite psicológico de la movilización pública

La evidencia acumulada muestra que la violencia en la pareja suele emerger de una combinación de factores muy específicos: impulsividad elevada, dificultades de regulación emocional, distorsiones cognitivas vinculadas al control y a la amenaza, una dependencia afectiva mal manejada, patrones coercitivos aprendidos en etapas tempranas y contextos que intensifican la hostilidad.

Ninguno de estos elementos cambia con consignas morales ni con rechazo simbólico. Cambian con intervención clínica, con trabajo psicológico continuado y con programas diseñados para revisar creencias, modular impulsos y alterar dinámicas relacionales disfuncionales.

Y aquí aparece la pregunta que raramente se formula: ¿qué tipo de estrategia podría reducir realmente la aparición de agresores?

Porque si las manifestaciones refuerzan un marco social necesario, las políticas públicas deberían incorporar otra pieza: una línea de prevención destinada a los hombres que se encuentran en riesgo de ejercer violencia o que ya detectan en sí mismos comportamientos desbordados.

Por qué una campaña dirigida a hombres en riesgo es imprescindible

Para que una campaña orientada a ellos funcione, no puede partir del reproche ni de la identidad acusatoria. Un mensaje que les sitúe como “machistas” o “agresores” antes incluso de pedir ayuda genera rechazo inmediato. La investigación es clara al respecto: la mayoría de hombres que han ejercido violencia no acuden a recursos profesionales porque temen ser etiquetados, temen la exposición pública y temen las consecuencias legales.

Por tanto, si queremos que se acerquen, necesitan encontrar un marco clínico, no punitivo; un lenguaje centrado en lo que les ocurre, no en lo que supuestamente son.

Una campaña eficaz debería describir conductas concretas y estados emocionales reconocibles, porque ahí es donde aparecen las señales tempranas. Hombres que revisan el móvil de su pareja porque sienten una amenaza difusa, hombres que explotan con intensidad a pesar de no querer hacerlo, hombres atrapados en celos que no comprenden, hombres que discuten hasta perder el control o que viven con miedo al abandono. Ahí es donde existe una oportunidad real de intervención.

El mensaje debe presentar la posibilidad de recibir ayuda como una opción adulta y responsable: “Si notas que pierdes el control, es posible aprender a manejar estas situaciones con apoyo profesional.”

Debe ofrecer confidencialidad absoluta, porque sin ese componente no habrá acceso voluntario. Y debe apelar al beneficio futuro, relaciones más estables, menos sufrimiento, mayor capacidad de gestión emocional, no a la culpa acumulada.

Este enfoque no justifica nada; simplemente permite trabajar donde sí se puede producir un cambio efectivo. Y eso exige recursos accesibles, atención temprana, profesionales especializados en dinámica relacional y regulación emocional, líneas directas de apoyo y programas diseñados para intervenir antes de que la violencia se manifieste físicamente.

Lo que faltó ayer y falta cada 25N

Si ayer, junto a las manifestaciones, hubiéramos explicado que lo que falta es precisamente esta segunda capa, el 25N tendría un horizonte más completo. La movilización mantiene vivo el rechazo social; la prevención psicológica dirigida a los hombres en riesgo es lo que puede alterar el futuro del problema.

Una propuesta realista, y compatible con la movilización, sería incorporar campañas públicas específicamente orientadas a estos hombres, campañas que abran una puerta en lugar de cerrarla. Campañas que digan: “Si algo te supera, si temes tus reacciones, si sientes que podrías hacer daño, existe un recurso para ti.” Campañas que no infantilicen, que no humillen y que ofrezcan un espacio profesional para modificar aquello que, si no se aborda, terminará escalando.

Esa sería una política verdaderamente orientada a reducir la aparición de agresores.

Esa es la parte que hoy falta.

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