No aceptar el fin
La nueva película de Guillermo del Toro retoma la historia de Frankenstein, pero evita presentarla como un problema científico o como un experimento descontrolado. Lo que plantea es algo mucho más elemental: la necesidad humana de acabar con la muerte. Del Toro reabre el mito y coloca el foco en lo que siempre ha estado ahí, aunque a menudo pase desapercibido: el rechazo radical del final. En su lectura, el Dr. Frankenstein no aspira a crear vida, sino a anular el poder de la muerte. No quiere deterioro, no quiere que el cuerpo falle ni que la conciencia desaparezca. No tolera el límite y, por tanto, construye un cuerpo que no puede morir. Sin embargo, esa conquista se vuelve en su contra.
El Frankenstein creado, siente, desea, se apega y sufre, pero está condenada a no terminar jamás. Su existencia se prolonga indefinidamente y, lejos de liberarla, la deja atrapada en una continuidad sin cierre. Lo que parecía un logro, vivir para siempre, acaba convirtiéndose en un peso: cuando no hay final, nada importa del todo; lo que no se puede perder, no se cuida; y aquello que no tiene término, nunca llega a comprenderse del todo.
Una conciencia sin cierre
Nos han enseñado a temer la muerte, a verla como un castigo o como una falla del propio vivir. Sin embargo, quizá la muerte no sea el verdadero problema; quizá el problema surja cuando la muerte deja de ser posible. Una vida sin límite no conduce a la plenitud, sino a la repetición, a una conciencia que sigue activa pero pierde orientación. El cuerpo envejece por una razón: se debilita, se arruga y se transforma, y ese proceso nos obliga a soltar, a dejar de identificarnos exclusivamente con lo externo y a mirar hacia dentro. El deterioro empuja a reconocer que no somos solo cuerpo.
Frankenstein, en cambio, queda excluido de ese recorrido. Tiene emociones y conserva memoria, pero no puede terminar. Y sin final, la experiencia pierde forma; todo queda suspendido, todo se vuelve pesado. El problema no es vivir para siempre, sino sentirlo todo sin la posibilidad de cerrar nada. En ese espacio no aparece la plenitud, sino un desgaste que no encuentra salida.
La muerte como forma
Quizá ese sea el papel de la muerte: no funcionar como algo que se ha de vencer, sino como el marco que permite que la vida tenga sentido; no aparecer como una interrupción, sino como el cierre necesario que ordena la experiencia. En este marco, Frankenstein deja de ser una historia sobre ciencia y se convierte en una reflexión sobre lo que sucede cuando se rompe el ciclo natural, cuando se elimina el fin y, con ello, se desvanece el sentido mismo de vivir.



