sábado, mayo 2, 2026
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Ante el maltrato: más allá de la “tolerancia cero”

La expresión “tolerancia cero” se ha convertido en un eslogan omnipresente en campañas contra la violencia machista. Nadie cuestiona su intención: transmitir un rechazo frontal y rotundo ante cualquier forma de maltrato. Pero si analizamos su eficacia real, nos encontramos con un vacío preocupante. El lema no explica nada, no previene, no acompaña y, sobre todo, no comprende la complejidad psicológica del agresor ni de la víctima. Es un mensaje correcto en la superficie, pero ineficaz en la profundidad donde la violencia realmente se gesta y se perpetúa.

El maltratador no es un “monstruo” aislado

Reducir al agresor a la caricatura del “hombre violento” refuerza el mito de que el maltrato es un caso puntual, una anomalía social. La realidad es más incómoda: el maltratador opera en dinámicas de poder aprendidas, legitimadas culturalmente y sostenidas por creencias de superioridad, celos normalizados y falta de control emocional.

El abordaje requiere programas psicoeducativos, terapias que confronten sus distorsiones cognitivas y recursos que rompan la transmisión intergeneracional del abuso. Un cartel con “tolerancia cero” no lo mueve un milímetro de ahí.

La víctima no necesita consignas, sino comprensión

Decirle a una mujer “denuncia” sin entender su contexto emocional y vital puede convertirse en un mensaje culpabilizador. La dependencia económica, el miedo, la culpa y el apego traumático bloquean la salida incluso cuando el maltrato es evidente.

El proceso psicológico de una víctima no responde a la lógica externa de “si no sales, es porque quieres quedarte”. Necesita apoyo constante, recursos materiales, acompañamiento terapéutico y un entorno que entienda la complejidad de su situación.

Un problema estructural que exige más que campañas

La violencia de género no es un accidente, ni un asunto privado. Es un fenómeno estructural, sostenido por desigualdades económicas, vacíos legales y narrativas culturales que justifican o minimizan la agresión.

Los mensajes superficiales sirven para la foto institucional, pero no para cambiar un sistema que sigue fallando en lo esencial: juzgados sin recursos, servicios sociales desbordados, mujeres sin acceso a vivienda tras la denuncia, agresores reincidiendo sin seguimiento terapéutico.

¿Qué debería cambiar?

Si queremos campañas con impacto real, deben ser algo más que consignas. Necesitan:

  • Educación emocional y en igualdad desde la infancia, de forma obligatoria y sistemática.
  • Campañas que enseñen a identificar señales tempranas en la pareja o en el entorno cercano.
  • Testimonios reales, que muestren la complejidad de salir de una relación abusiva sin caer en el paternalismo.
  • Compromisos institucionales medibles: psicólogos en cada centro de salud, viviendas de emergencia accesibles, formación específica en cuerpos policiales y juzgados.

En conclusión, la “Tolerancia cero” es un lema políticamente correcto, pero insuficiente. La violencia machista no se combate con frases contundentes, sino con intervenciones profundas que aborden al agresor, sostengan a la víctima y transformen las estructuras que la permiten. Repetir el eslogan puede tranquilizar conciencias, pero lo urgente es incomodar, señalar las carencias y exigir que el discurso se convierta en acción real.

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