jueves, julio 16, 2026
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“Backlash” en Islandia

Cuando la igualdad se percibe como exclusión

Islandia lanza una advertencia inesperada: la igualdad sin inclusión también fractura

Coincidiendo con la conmemoración del 50º aniversario de la histórica huelga de mujeres de 1975, Islandia –país considerado durante años un símbolo mundial de igualdad de género– ha hecho pública una advertencia que hasta hace poco nadie se atrevía a poner sobre la mesa: el backlash, esa reacción creciente de muchos hombres frente a un feminismo que ya no perciben como inclusivo, sino como excluyente. Lo más revelador no es solo el mensaje, sino quién lo transmite: no proviene de voces críticas externas, sino de figuras destacadas del propio movimiento feminista islandés. Un giro inesperado en el país que durante décadas fue considerado el modelo a seguir.

La exclusión simbólica: estar, pero sin voz

La paradoja es evidente. Un país que presumía de equilibrio entre hombres y mujeres reconoce ahora que parte de sus ciudadanos se siente al margen del relato colectivo. En términos legales, la igualdad está garantizada; pero en el plano simbólico, muchos hombres sienten que su voz ha sido apagada. Se les permite estar, pero sin hablar. Y cuando un grupo es reducido a una presencia muda, lo que emerge no es complicidad, sino resistencia. Ya no se trata de un conflicto normativo, sino identitario. El debate ha dejado de centrarse en leyes y derechos, y ahora gira en torno a quién puede hablar y quién no.

En ciertos sectores del feminismo contemporáneo, el discurso ha transitado desde la lucha por la equidad hacia una lógica de sustitución. Ya no se busca compartir el espacio, sino ocuparlo desplazando al otro. Las heridas del pasado no se procesan, se proyectan hacia adelante. El hombre deja de ser un interlocutor válido y se convierte en una figura culpable por defecto. No se trata de equilibrar posiciones, sino de invertir la exclusión. La jerarquía de poder no desaparece: simplemente cambia de dueño.

Cuando la igualdad se transforma en hegemonía

La respuesta masculina ante este escenario no nace de un deseo de conservar privilegios, sino del temor a desaparecer simbólicamente. Una persona puede aceptar transformaciones e incluso ceder espacios; lo que no puede asumir es ser borrada como presencia legítima. Allí donde no hay reconocimiento, surge la resistencia. No como ataque, sino como defensa básica de su derecho a formar parte del diálogo social.

El caso islandés evidencia los límites de un discurso que, aun partiendo de la igualdad formal, puede abrir profundas grietas simbólicas. No puede haber una convivencia real cuando solo una parte del diálogo es vista como válida y la otra queda bajo sospecha. Si la igualdad se convierte en hegemonía invertida, deja de ser igualdad. El mensaje es claro: cuando un proyecto político necesita borrar simbólicamente a uno de los sexos para afirmarse, no genera inclusión, sino alternancia en el poder. Y eso no es igualdad: es sustitución. Si se reemplaza al otro en lugar de integrarlo, el backlash no es una anomalía del sistema. Es su consecuencia lógica.

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