sábado, mayo 2, 2026
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El problema no es el islam: es lo que están haciendo con él

La religión no oprime: quien oprime es quien la secuestra

Hoy se habla del islam casi siempre desde el miedo: miedo a que avance, a que se imponga, a que “cambie” la sociedad. Pero el islam en sí no es lo que la gente teme. Lo que genera rechazo es la versión manipulada y endurecida que algunos han colocado como su fachada pública: una versión rígida, identitaria y autoritaria que no nace de la espiritualidad, sino del poder.

El islam original es un camino interior y una ética. No se funda en la amenaza, sino en la conciencia. Su sentido está en la relación personal con Dios y en la responsabilidad del creyente, no en la vigilancia sobre el comportamiento externo. Cuando la religión acompaña, eleva; cuando se utiliza para imponer, pierde su raíz y se convierte en una estructura de control que opera “en nombre de Dios” sin ser Dios.

La mayoría de las personas no rechaza el islam por lo que realmente dice el Corán, sino por lo que ciertos grupos hacen en su nombre. Lo que se percibe desde fuera no es la fe, sino su distorsión. Esa distorsión convierte una tradición espiritual en instrumento identitario y político. La religión deja de ser camino y pasa a ser un contenedor cultural que exige obediencia en lugar de despertar conciencia.

No son los textos: es la lectura que se hace de ellos

Es cierto que existen pasajes del Corán que, leídos literalmente, parecen invitar a la violencia. Pero no pueden separarse del momento histórico en el que fueron escritos: eran textos situados en un contexto de guerra, de alianzas tribales y de supervivencia política en el siglo VII. No eran mandatos atemporales, sino respuestas a conflictos concretos.

Lo mismo ocurre en la Torá y en el Antiguo Testamento: también contienen llamados a exterminar enemigos, imponer castigos extremos o someter a otros pueblos. Sin embargo, nadie los interpreta hoy como ley vigente. Cuando se toma un versículo aislado y se convierte en norma absoluta, ya no actúa la espiritualidad, sino la instrumentalización ideológica. El texto deja de ser camino interior y se transforma en herramienta de poder.

No se teme la fe: se teme su deformación

El patriarcado que se disfraza de islam no protege lo sagrado: lo administra. No solo controla a la mujer; controla también la interpretación, el discurso y la legitimidad de la palabra. Se reserva el derecho de definir quién “representa” a Dios y quién debe limitarse a obedecer. Ahí la religión deja de ser vínculo con lo divino y se transforma en un filtro humano que bloquea el acceso directo a lo trascendente.

La erosión del islam no viene de fuera. Viene de quienes lo reducen a normas externas, hábitos culturales o identidad tribal. El Corán no se pierde porque alguien lo critique; se pierde cuando se lo sustituye por miedo, presión social o obediencia sin conciencia. La fe muere cuando se usa como herramienta de control.

El islam no es el enemigo

Por eso el verdadero debate no es contra el islam, igual que no lo es contra el cristianismo, el judaísmo o cualquier otro camino espiritual. Las religiones, cuando son vividas en su raíz, son modos distintos de acercarse a lo divino. No se diseñaron para vigilar, sino para orientar; no para imponer, sino para despertar interioridad.

Respetar el islam significa reconocerlo como una vía legítima hacia lo trascendente, tan válida como las demás. Lo que debe cuestionarse no es la fe, sino su apropiación. No el mensaje, sino quienes lo utilizan como escudo para legitimar jerarquía y dominio.

El islam no oprime.
Lo que oprime es el poder que se esconde detrás del islam para no tener que rendir cuentas.

La pregunta nunca fue “¿qué es el islam?”, sino “¿qué se está haciendo hablar en su nombre?”. Cuando una religión se usa para someter, deja de ser religión y se convierte en coartada. Cuando se invoca a Dios para mandar, ya no se está defendiendo lo sagrado, sino un territorio de poder. Lo trascendente no necesita custodios; quien necesita custodiarlo es quien teme perder privilegio. Y cuando una fe auténtica se vive desde dentro, no vigila, no impone y no controla: libera. Por eso no es el islam el que debe ser cuestionado, sino quienes lo han tomado como máscara. No son los creyentes los que asustan: es la mentira que pretende hacerse pasar por verdad.

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