sábado, mayo 2, 2026
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La comedia de lo divino

Espectáculo, escenografía y fe

La humanidad ha montado una comedia sobre lo divino: un teatro lleno de dogmas, símbolos y solemnidades, construido sobre una realidad que ni comprende ni soporta.
Y si Dios existe, quizá no pueda hacer otra cosa que reírse de ese espectáculo.

Desde el principio, sentimos la necesidad de explicar lo que no entendemos. Nos incomoda el silencio del misterio, así que lo llenamos de palabras, normas y teorías que nos hagan sentir que tenemos el control. Convertimos la ignorancia en doctrina, la duda en fe y el miedo en moral. Así nacen las religiones, los rituales y las certezas: como apoyo frente al vértigo de no saber.

 Cuando el pensamiento se convierte en rito

Con el tiempo, lo que fue pensamiento se degradó en gesto repetido. Dejamos de cuestionar y empezamos a ejecutar. Reproducimos actos sin saber por qué, como actores que repiten una escena olvidando su sentido. Nos vestimos para aparentar pureza, nos desnudamos buscando libertad; nos arrodillamos, lloramos, alzamos las manos o miramos hacia un punto fijo como si lo divino tuviera coordenadas.

¿De verdad creemos que a Dios le importa la postura exacta, el atuendo adecuado o la cantidad de repeticiones? Esas obsesiones son nuestras, no suyas. Esa teatralidad disfrazada de devoción —tan medida, tan estudiada, tan humana— probablemente le resulte más absurda que edificante. Hemos convertido lo sagrado en rutina, y lo que era un camino hacia el misterio en una parodia solemne de espiritualidad.

Incluso cuando alguien intentó abrirnos los ojos —un profeta, un sabio o un iluminado— el resultado fue el mismo. Lo que empezó como una experiencia viva acabó convertido en estructura; lo que fue enseñanza se transformó en religión; y lo que pretendía liberar terminó imponiendo nuevas cadenas.
Lo que nació para decir algo se volvió texto que no se puede tocar, y el pensamiento libre se apagó en la costumbre.

 La risa de lo eterno ante nuestra solemnidad

Así seguimos cayendo en el mismo error: convertir la revelación en reglamento, la metáfora en institución y la libertad en jerarquía. Lo divino, que era apertura, lo encerramos en un sistema. Y a quienes vinieron a señalar el horizonte, los convertimos en estatuas a las que rendimos culto.

Si Dios existe, debe contemplar todo esto con una mezcla de asombro y risa. No una risa cruel, sino la risa tranquila del que comprende. Porque pocas cosas hay más humanas que convertir una chispa de verdad en un edificio de solemnidad y disputa.


Quizá se asombre al ver cómo sus mensajeros se convirtieron en motivo de guerra, cómo la palabra amor se usa para justificar el odio, y cómo la búsqueda de lo eterno ha acabado reducida a templos, normas y fórmulas vacías.
Tal vez, después del asombro, llegue la risa. No una risa de burla, sino de lucidez: la risa de quien comprende el absurdo de querer poseer lo que no puede poseerse.
Una risa que no hiere, que no desprecia, que simplemente entiende lo imposible del intento humano; la risa de quien contempla nuestra inocencia, de quien ve el esfuerzo torpe de criaturas que tropiezan una y otra vez intentando tocar lo infinito con las manos. un Dios que contempla, se asombra y acaba riendo, no porque desprecie, sino porque comprende.

Porque todo este montaje —tan serio, tan lleno de símbolos y de interpretaciones— no deja de ser eso: un intento torpe de sujetar lo insondable con las manos.

Y mientras seguimos repitiendo discursos, ajustando reglas y corrigiendo interpretaciones, cada uno representa su papel con convicción, defendiendo su capítulo, su versión, su pequeña verdad dentro del gran espectáculo.
Quizá Dios, desde el fondo del escenario, nos mire en silencio.
Y sin decir nada… sonría.

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