sábado, mayo 2, 2026
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Veri*Factu: la verdad secuestrada por el control

El espejismo de la palabra

A primera vista, la palabra Veri*Factu suena a lo que querríamos que fuese la realidad: la verdad de los hechos. Casi una declaración ética. Un término que evoca claridad, coherencia, sentido. Un nombre casi perfecto para un ideal filosófico.

Pero no. Veri*Factu no nace de la filosofía ni de la poética del ser. Es el nombre que la Agencia Tributaria ha elegido para su nuevo sistema de control fiscal. Y ahí aparece la grieta: cómo una palabra tan noble —la verdad de los hechos— se utiliza para designar algo que, siendo necesario en lo técnico, puede resultar profundamente ciego en lo humano.

Porque sí: el fraude fiscal existe y debe combatirse. Es lógico que todos paguemos impuestos, que el sistema se modernice, que se digitalicen los procesos. La automatización puede evitar errores, ahorrar tiempo y eliminar rutinas absurdas. Hasta ahí, todo encaja.

La otra realidad: la que no cotiza

Pero más allá de esa lógica contable, hay otra realidad que no entra en los registros: la del que vive al límite. El cansancio invisible, las cuentas que no salen, la angustia de quien levanta cada día un negocio o una actividad independiente en un país que siempre pide —pide declaraciones, pide cuotas, pide más documentación— pero rara vez acompaña. Donde el margen para el error es mínimo y la red de sostén, casi simbólica.

La versión oficial de la verdad es binaria: factura o no factura, declaras o no declaras. Pero la verdad humana no funciona así. La verdad muchas veces no se puede facturar.
¿Dónde aparece contabilizado el esfuerzo del que se deja la piel para pagar una cuota que no le devuelve estabilidad?
¿Dónde se registra la incertidumbre del que no sabe si podrá llegar a fin de mes?
¿En qué columna se mide la ansiedad del profesional que ya no distingue entre descanso y producción?
¿Dónde entra el miedo del emprendedor que no sabe si sobrevivirá a otro trimestre, o la vida suspendida de quien vive en vilo, sin red?

Esa verdad no figura en los informes. No se exporta en formato compatible. No se audita. Y, sin embargo, es la que aguanta todo lo demás.

Alguien dirá que la tecnología viene a ayudar. Y quizá sea así, si se aplica con inteligencia y con sentido de proporción. Pero demasiadas veces la modernización no llega con oxígeno, sino con más exigencias. Lo que viene no es alivio, ni soporte, ni estructura: es vigilancia. Un sistema que archiva, que registra, que rastrea, pero que no escucha ni facilita.

Se nos presenta Veri*Factu como si fuera una promesa de limpieza moral, como si viniera a enderezar lo torcido. Pero ¿qué pasa con los hechos que no se pueden registrar? ¿Qué pasa con la precariedad normalizada, con el miedo crónico, con la ansiedad de quien cumple y aun así se ahoga?
Eso también son hechos. Los hechos invisibles. Los que no entran en el fichero, los que el algoritmo no contempla.

El discurso fácil

Y siempre hay alguien que repite con seguridad: “quien no tiene nada que ocultar, no debe temer”. Es una frase impecable en el despacho, pero cruel en la trinchera, porque aquí el problema no es ocultar, sino sobrevivir. No es defraudar, sino resistir.

La verdad de los hechos no es la cifra que llega a Hacienda: es el ser humano que la produce. Y ese ser humano está exhausto, trabaja más que nunca para tener menos, atrapado entre la inflación, los alquileres imposibles, los gastos que crecen, y unos márgenes cada vez más estrechos. En ese contexto, lo último que ayuda es convertir lo fiscal en sospecha constante. Lo que hace falta no es más control, sino más inteligencia sistémica; no más vigilancia, sino más acompañamiento real.

Pagar impuestos no duele: lo que duele es sentir que nada cambia por hacerlo. Veri*Factu sería una palabra magnífica si significara otra cosa: si el Estado se sentara a escuchar los hechos que no caben en sus registros, la verdad del agotamiento, la verdad del miedo, la verdad del que da y no recibe. Pero usada así, la palabra se ha vaciado: es un término secuestrado por una lógica que solo mira datos y olvida personas. La modernización no debería ser otro nombre para el ahogo. La verdad no puede recortarse al tamaño de una casilla. Las cosas pueden hacerse mejor, claro, pero no a costa de quienes ya están en el filo. Porque si no, lo único que quedará de “la verdad de los hechos” será otra ironía más: una simulación lingüística para vestir de nobleza lo que en realidad es más presión, más control, más asfixia.

Un momento de honestidad

Si fuéramos honestos veríamos que la verdad de los hechos no es que no queramos pagar impuestos, sino que muchos ya no pueden más. La verdad de los hechos es que hay abandono disfrazado de eficiencia, precariedad convertida en estadística, y vidas reales reducidas a columnas de Excel. La verdad de los hechos es que pagar con una mano y ser ignorado con la otra desgasta más que cualquier cuota. Si este sistema fuera fiel a lo que su nombre promete, la verdad contable dialogaría con la verdad humana, en lugar de aplastarla bajo el mismo peso regulatorio. Porque el problema no es controlar: el problema es llamar “verdad” a la vigilancia. No necesitamos menos responsabilidad fiscal; necesitamos más responsabilidad humana. Una verdad que mire a las personas antes que a los números. Una verdad que no se automatice. Una verdad que respire.

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