Bajo la supervisión del regulador CAC, China ha puesto en marcha una normativa que obliga a los creadores de contenido que hablen sobre salud, finanzas, educación o derecho a acreditar su formación profesional antes de publicar en plataformas como Douyin (la versión china de TikTok), Weibo (el Twitter chino) o Bilibili (una especie de YouTube local). La medida, que busca frenar la desinformación y limitar los daños reales que pueden causar los consejos erróneos en la salud, el patrimonio o los derechos de las personas, ha abierto un debate global.
La autoridad ya no pasa por el conocimiento
La cuestión de fondo va más allá de la censura o del control estatal: plantea una tensión clave entre libertad de expresión y responsabilidad profesional. Porque, aunque esta regulación imponga límites claros, también nos obliga a mirar hacia dentro y preguntarnos: ¿quién está ocupando hoy los espacios de autoridad en temas complejos?
Vivimos en una época en la que la información está por todas partes: es inmediata, accesible y, en apariencia, democrática. Pero esa “democratización” no siempre viene acompañada de pensamiento crítico. Ha surgido una especie de ilusión según la cual cualquiera puede opinar con autoridad sobre psicología, medicina, derecho o cualquier otro campo técnico.
La forma se impone al fondo
Así nacen los «expertos exprés»: perfiles que ofrecen respuestas rápidas con apariencia profesional, pero sin formación, experiencia ni el rigor que exigen esas disciplinas. Manejan bien las formas, pero flojean en el fondo. Conocen el lenguaje técnico por encima, dominan las redes, saben cómo captar la atención… pero no han pasado años en prácticas clínicas, debates teóricos ni revisión crítica. Aun así, sus voces se amplifican. Porque hoy parecer experto cuenta más que serlo, y acumular seguidores vale más que tener solvencia.
Estos personajes son, en muchos casos, maestros de la retórica. Usan frases hechas, memorizan términos, consultan tutoriales, colocan bien la cámara, modulan la voz. Y eso basta para que sus discursos se viralicen. El público les da crédito no por su formación, sino porque suenan convincentes. Pero la credibilidad no se mide en likes, sino en responsabilidad. Cuando hablamos de salud mental, de diagnósticos, de procesos jurídicos o de derechos fundamentales, no hay margen para la improvisación.
Cuando la divulgación cruza la línea
La psicología, por ejemplo, no es un conjunto de recetas para ser feliz, ni un relato inspiracional para redes. Es una disciplina científica que exige rigor, comprensión profunda, formación continuada y ética. Pretender reducir todo eso a veinte segundos de contenido motivacional o a un pseudoanálisis de bolsillo no es divulgación: es intrusismo.
Y no hace falta irse a China para verlo. Basta con asistir a una comida, una cena, una conversación entre amigos… Todo el mundo sabe de todo. Todos opinan de cualquier cosa, como si bastara con haber visto dos vídeos o leído un par de frases llamativas. Pero esa trivialización de lo complejo tiene un coste: decisiones mal informadas, banalización del sufrimiento, consejos dañinos, pérdida de confianza en los verdaderos profesionales.
Porque la tecnología, los formatos breves y el alcance masivo no convierten a nadie en experto solo por hablar con seguridad. No lo hacen los likes. No lo hace la puesta en escena. Lo hace la formación, el análisis crítico, la duda metódica, la experiencia supervisada.
Y sí, claro que hay profesionales titulados que ejercen mal, pero no estamos hablando de eso. El problema aquí es otro: es ocupar un lugar de autoridad sin el mínimo respaldo necesario.
Y para quienes llevan años trabajando con rigor, el mensaje es doble: mantener la calidad del discurso profesional y ayudar a la sociedad a distinguir entre lo que es una opinión ligera y lo que es conocimiento fundamentado. Porque en esta era del “todo el mundo opina de todo”, hay un valor invisible pero esencial: el tiempo invertido, el estudio serio, la ética profesional. Y eso es lo que separa una teoría vacía de una reflexión con sentido.



