Una muerte absurda, un reto vacío
Hace pocos días, una joven murió en una discoteca de Cali, Colombia, tras participar en un reto que consistía en beber grandes cantidades de alcohol en un tiempo muy breve. El premio: 1.500.000 pesos colombianos. Lo vendieron como una prueba, como un desafío, como algo emocionante.
Pero no lo era.
No tenía ningún sentido. No ofrecía nada valioso. No proponía superación, ni crecimiento, ni ningún tipo de logro real. Era simplemente una consigna absurda. Y lo más grave es que bastó con eso para que alguien aceptara y terminara perdiendo la vida.
Y ahí está el problema: llamamos “reto” a cualquier propuesta, por banal que sea, mientras implique algún nivel de esfuerzo o resistencia. El simple hecho de que algo cueste ya parece suficiente para convertirlo en desafío. Pero no lo es.
¿Qué hay detrás de beber hasta el colapso? ¿Qué se gana exactamente? ¿Qué demuestra alguien que accede a eso? ¿Resistencia? ¿Fuerza? ¿Valentía? Nada de eso. Solo queda claro que alguien fue capaz de poner su cuerpo en juego por una prueba sin sentido.
No todo lo difícil es valioso
Nos hemos acostumbrado a confundir lo difícil con lo valioso. Y no todo lo que cuesta vale la pena. Retarse desde lo más banal —como beber hasta perder el conocimiento por dinero— no es un reto, es un síntoma. Es la renuncia a pensar. Es el abandono del juicio. Es una acción vacía que no deja huella positiva ni en quien la hace ni en quien la observa.
El verdadero reto no tiene que ver con lo físico. No se mide en litros de alcohol, ni en la capacidad de llevar al cuerpo al límite. Ese tipo de pruebas pueden parecer exigentes, pero muchas veces no son más que respuestas automáticas, impulsos disfrazados de metas.
Lo realmente difícil es hacer lo contrario: frenar, pensar, elegir, hacer una pausa interna y preguntarse si eso tiene sentido, si es necesario, si aporta algo. Eso sí cuesta. No hay instrucciones. Solo una persona frente a sí misma, tomando una decisión con claridad.
El reto auténtico está en eso: en discernir, en actuar con criterio propio, incluso cuando alrededor nadie lo hace; en no dejarse arrastrar; en no hacer algo solo porque se puede o porque está ahí. Porque no todo lo que implica un esfuerzo es admirable, y no todo lo que duele te hace crecer.
Desafiarnos de verdad
María José no murió por un reto. Murió por una trampa que se disfrazó de prueba. Por una idea vacía que no debería haber tenido ninguna autoridad sobre su cuerpo ni sobre su vida.
Y eso exige una reflexión seria: sobre lo que entendemos por desafío, sobre lo que estamos dispuestos a aceptar como válido, y sobre la urgencia de volver a pensar antes de actuar.
Porque si realmente tenemos que hablar de desafíos —y vale la pena hacerlo—, entonces hablemos de los verdaderos.
El reto real no es físico. Es mental, emocional, incluso espiritual. Es desafiar nuestros impulsos automáticos, nuestras reacciones condicionadas, nuestros miedos más profundos. Es aprender a pensar por uno mismo, sin repetir lo que otros hacen. Es cuestionar lo que creemos, lo que nos enseñaron, lo que asumimos sin mirar dos veces. Es decidir con conciencia, aunque eso no sea popular, ni fácil, ni cómodo.
Eso sí es un desafío. Uno que vale la pena enfrentar. Uno que no te destruye, sino que te transforma.



