sábado, julio 25, 2026
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Lo gobernable y lo insoportable

Cuando la estrategia del poder no contempla el sufrimiento humano

Existe un fenómeno que se repite — y se oculta — en contextos de guerra, crisis humanitarias, desplazamientos forzados o decisiones económicas drásticas. Se trata de una fractura grave entre la gestión estratégica del poder y la vivencia íntima de sus consecuencias.

Lo que para un gobierno es una decisión técnica, una medida necesaria o una estrategia viable, para una familia cualquiera puede ser un duelo. Una desestructuración. Un miedo que se hereda durante generaciones.

En este abismo — entre lo que se decide desde arriba y lo que se sufre desde abajo — hay millones de experiencias humanas no nombradas, no tenidas en cuenta, no contempladas. Y, sin embargo, ahí es donde se juega el destino profundo de las personas.

Lo que es manejable arriba, es insoportable abajo

En los informes gubernamentales se habla de «estabilidad», «control de daños», «optimización de recursos». Pero no hay estadísticas que midan lo que duele. No hay gráficos que recojan la angustia prolongada de un niño desplazado, el insomnio de una madre tras perderlo todo, la culpa callada de un sobreviviente.

Mientras se negocian tratados, se trazan fronteras, se aprueban recortes o se ejecutan operaciones militares «quirúrgicas», hay miles de vidas ordinarias que se vuelven inhabitables. Lo gobernable para el sistema puede ser lo insoportable para los cuerpos. Para los vínculos. Para la psiquis.

El silencio de los gobiernos y el deber de la psicología

Los gobiernos — con sus mapas, sus cifras, sus prioridades — no siempre están preparados para escuchar el dolor real de las personas. Es natural: el poder necesita operar a escala, tomar decisiones rápidas, simplificar. Pero, por eso mismo, la psicología tiene un deber. El de no simplificar lo que no es simple. El de no traducir el dolor humano en síntomas individuales o en manuales clínicos. El de no colaborar con el silenciamiento colectivo que vuelve «normales» situaciones profundamente destructivas.

Porque si no lo dice la psicología, ¿quién lo va a decir?

Ejemplos contemporáneos

Basta mirar el mundo: en Gaza, en Ucrania, en Siria, en Sudán, millones de personas viven bajo fuego, en desplazamiento constante, con traumas acumulativos. En América Central o el Mediterráneo, las rutas migratorias están llenas de muerte, trata y desesperación. En Europa, políticas de austeridad han generado una salud mental fracturada, suicidios silenciosos, familias desahuciadas. En América Latina, la violencia estructural y la impunidad generan generaciones enteras con miedo a confiar.

En todos estos casos, las decisiones estratégicas existen. Pero las heridas quedan. Y no se curan con comunicados oficiales.

Lo que no se mide: daño simbólico, subjetivo, relacional

Hay un tipo de sufrimiento que no deja cicatrices visibles, pero que cambia la vida: la pérdida de sentido, la fragmentación de la identidad, la ruptura del lazo social, la desconfianza permanente.

No se ve en las encuestas. No se detecta con satélites. Pero habita la mirada de quien ya no espera nada. De quien ha normalizado vivir en modo supervivencia. Las estadísticas no recogen eso. Pero los cuerpos sí. Y la memoria también.

El rol ético de la psicología

La psicología no puede limitarse a tratar síntomas. Debe ser también una conciencia pública. Una voz lúcida. Una advertencia ética. No neutral. Porque la neutralidad frente al sufrimiento estructural es una forma de complicidad.

Debe señalar que lo que es «aceptable» para una administración puede ser invivible para una población. Y que ningún manual clínico reemplaza el acto de nombrar lo que duele en nombre de todos.

En contextos donde se optimiza lo estratégico pero se ignora lo humano, la psicología no puede callar. Porque una civilización puede funcionar con eficacia y, aun así, fallar en humanidad. Porque detrás de cada decisión impersonal hay vidas personales que sufren lo que nadie quiso mirar.

Si no lo dice la psicología — con la dignidad, la claridad y la compasión que merece — el sufrimiento quedará fuera del lenguaje. Y eso es otra forma de violencia.

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