La ilusión de creer que la identidad es el ser
Felicitamos al nuevo alcalde de Nueva York. Ha alcanzado su aspiración. Ha llegado a donde quería llegar. Y eso, sea cual sea el camino, merece respeto. No hace falta compartir su ideología ni su visión del mundo para reconocer un logro humano: perseguir un objetivo, una meta, un sueño, y conseguirlo. Es natural que quien se declara públicamente tenga un propósito, un ideal que considera noble y que siente de forma sincera: contribuir a mejorar la convivencia, abrir caminos, inspirar dignidad. Ese gesto puede ser loable. Pero vayamos un poco más allá. Preguntémonos no solo por la intención, sino por los posibles efectos de ese gesto cuando se convierte en identidad colectiva. Porque incluso las mejores intenciones, cuando se transforman en bandera, pueden generar nuevas fronteras sin quererlo.
Y es que, más allá del logro personal, hay un detalle en su presentación pública que merece atención. No nos detengamos en él como individuo, sino en la escena: su manera de presentarse, con la voz firme, alzando el pecho y diciendo “soy musulmán y soy socialista”. Ese momento no pasa desapercibido. No tanto por lo que dice de él, sino por lo que revela sobre nosotros. Porque ese “soy” no era solo una palabra. Era una marca. Un “yo soy esto” que, aunque no lo diga, también significa: “tú no lo eres”. No es un mero dato, es un trazo simbólico. Y aquí empieza nuestra reflexión.
El grito que no es inocente
Cuando un político sube a un escenario y grita quién es, no está contando su vida interior. Está creando una línea. No importa si dice “soy musulmán”, “soy cristiano”, “soy socialista” o “soy patriota”. El formato es el mismo: se forma un “nosotros” y un “ellos”. Ese “soy” no abre, cierra. No presenta ideas, presenta bloques. Y eso merece una pausa, porque nos concierne a todos.
No hay nada malo en creer en Dios, en leer el Corán o el Evangelio, en votar a la izquierda o a la derecha. Cada uno tiene su manera de acercarse a lo divino y de entender la convivencia. Eso es legítimo. Pero cuando lo convertimos en escudo, en título, en bandera, ya no hablamos de convicciones sino de identificación.
Identificación y ausencia de libertad
La identificación, más que unirnos, nos reduce. Porque cuando confundimos lo que creemos con lo que somos, dejamos de ver. Nos cerramos. La etiqueta se vuelve piel, y todo lo que la cuestiona, amenaza. La identificación no sólo blinda al ego: lo empobrece. Nos hace reaccionar, no comprender. Defender, no dialogar. Y lo más grave: anula la verdadera libertad. Identificarse es someterse. Allí donde hay etiqueta, no hay libertad interior. El pensamiento deja de ser libre.
El grito que pide convivencia, pero trae riesgo
A menudo, ese grito de identidad nace desde un sentimiento real de exclusión. Quizás quien dice “soy musulmán” lo hace porque ha vivido el rechazo, la sospecha, lo no dicho. Y su grito puede ser un “pues aquí estoy”, una forma de decir: yo también convivo aquí, yo también pertenezco. Eso es perfectamente comprensible. La identidad, al principio, puede ser un refugio. Pero al pasar del individuo a la masa, lo íntimo se vuelve símbolo. Y el símbolo se usa para trazar fronteras. Lo que nació como defensa puede terminar siendo una forma de separación.
Esa es la paradoja: no hay nada malo en ser musulmán, cristiano, socialista o lo que sea. El problema aparece cuando esa identidad lo es todo. Cuando lo único que te define es una etiqueta. Porque ninguna etiqueta agota la complejidad de lo que somos. Esa es la verdadera madurez: saber que nuestra experiencia humana no cabe en un credo, ni en un voto, ni en un grito.
Atreverse a existir sin gritar lo que eres
Hoy, lo verdaderamente sorprendente no sería oír a alguien gritar quién es. Lo extraordinario sería encontrar a alguien que hable sin necesidad de proclamarse, sin escudos ni banderas. Alguien que pueda existir sin definirse, sin compartimentos, sin fronteras interiores.
Porque quizá hemos olvidado lo esencial: que uno puede hablar como ser humano, sin representar ningún bloque, sin levantar murallas alrededor de su voz.
En la sociedad actual, hemos normalizado tanto el hecho de hablar desde una identidad —religiosa, política, de género, de nación, de clase— que parece extraño hablar simplemente desde nuestra humanidad, sin necesitar una etiqueta que nos legitime o distinga. Hablar “como ser humano” significa expresarse desde la conciencia individual, libre para pensar y decir quién eres sin necesidad de declararlo, recordando que tu valor no viene del grupo al que perteneces, sino de la lucidez con la que te expresas. Igual que “no levantar murallas alrededor de la voz” implica no convertir nuestra postura en una defensa rígida ni en una trinchera: hablar sin delimitar, sino para compartir, para dialogar. Porque la verdadera comunicación no necesita escudos ni banderas.
Atreverse a existir sin gritar lo que eres. Eso sí que sería subversivo. Hoy, más que nunca.



