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Cuando priorizarte acaba dejando a los demás fuera

La otra cara del autocuidado

Durante mucho tiempo muchas personas aprendieron a vivir demasiado pendientes de las necesidades ajenas. Aprendieron a callar para evitar conflictos, a aguantar situaciones que les hacían daño, a sentirse culpables cuando decían que no y a confundir el amor con una disponibilidad permanente. Por eso ha sido importante empezar a hablar de límites, de autonomía, de la necesidad de escucharnos y de no construir nuestra vida únicamente alrededor de lo que otros esperan de nosotros.

El problema aparece cuando una corrección necesaria se convierte en un nuevo extremo. Expresiones como “priorízate”, “piensa en ti”, “haz lo que te haga feliz” o “si no te suma, aléjate” contienen una parte valiosa, pero también pueden terminar funcionando como frases que justifican cualquier decisión sin preguntarnos qué efecto tiene sobre otras personas.

Poner límites no significa que el otro deje de importar. Elegir por nosotros mismos tampoco significa que todas nuestras decisiones sean automáticamente libres, maduras o buenas. A veces podemos utilizar palabras asociadas al autocuidado para nombrar conductas que tienen mucho más que ver con el miedo, la evitación, la incapacidad para comprometernos o la dificultad para asumir las consecuencias de lo que hacemos.

No todo limite es libertad

Podemos tener derecho a terminar una relación y, sin embargo, hacerlo de una manera cruel. Podemos necesitar distancia y utilizar el silencio como castigo. Podemos decir que estamos poniendo límites cuando, en realidad, estamos evitando una conversación que nos incomoda. También podemos llamar independencia a nuestra dificultad para necesitar a alguien, autenticidad a decir todo lo que pensamos sin preocuparnos por cómo lo decimos, o autocuidado a una manera de vivir en la que nuestra comodidad acaba ocupando siempre el primer lugar.

Ser libres resulta bastante más complejo que hacer simplemente lo que queremos. Nuestra vida no ocurre en un vacío. Las decisiones que tomamos entran continuamente en contacto con otras personas. Una palabra puede reparar una relación o dañarla. Una ausencia repetida puede modificar profundamente un vínculo. Una promesa cumplida crea confianza y una promesa incumplida también deja algo detrás. No podemos controlar todos los efectos de nuestras decisiones, pero tampoco podemos vivir como si esos efectos no existieran.

Eso no significa que tengamos que satisfacer siempre a los demás ni que debamos permanecer en relaciones que nos hacen daño. Habrá momentos en los que tengamos que marcharnos, decir que no, cambiar de dirección o tomar una decisión que otra persona no comprenda. El hecho de tener en cuenta al otro no obliga a renunciar a nuestra propia vida. Lo que cambia es la manera en que ejercemos esa libertad.

Vivir sin borrar al otro

Quizá hemos planteado demasiadas veces esta cuestión como si solo hubiera dos posibilidades. O vivimos sacrificándonos constantemente por los demás o nos priorizamos sin mirar atrás. O cedemos siempre o no tenemos que dar explicaciones a nadie. Pero entre esos dos extremos existe un espacio mucho más difícil y, probablemente, mucho más maduro.

Podemos cuidar nuestra vida y seguir preguntándonos cómo tratamos a las personas que forman parte de ella. Podemos poner un límite sin humillar, alejarnos sin necesitar destruir, terminar una relación sin convertir al otro en un enemigo y defender una decisión propia sin actuar como si el dolor que pueda producir fuera completamente irrelevante.

También podemos preguntarnos desde dónde estamos eligiendo. A veces creemos que estamos ejerciendo nuestra libertad cuando simplemente estamos reaccionando desde una defensa antigua. Podemos decir que no queremos depender de nadie porque hemos aprendido a protegernos del abandono. Podemos afirmar que no queremos compromisos cuando, en realidad, nos asusta sentir que alguien puede importarnos demasiado. Podemos sentirnos muy libres mientras repetimos mecanismos que ni siquiera reconocemos.

Por eso quizá la cuestión no sea únicamente si tenemos derecho a tomar una determinada decisión. Muchas veces lo tendremos. La pregunta más interesante puede ser qué nos mueve a tomarla, cómo la llevamos a cabo y qué estamos creando con ella.

Priorizarnos puede ser necesario. Aprender a decir que no también. Pero si para sentirnos libres necesitamos comportarnos como si nadie más importara, quizá ya no estemos hablando de libertad, sino de otra forma de aislamiento.

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